La memoria selectiva en la política mexicana tiene nombre propio, y hoy se llama Beatriz Mojica.
En 2018, sentada frente a las cámaras de Tragaluz, aseguró con la barbilla en alto que jamás se pasaría con AMLO porque no compartía “las visiones autoritarias”.
Ocho años y una candidatura después, la misma mujer se paró frente a Morena a agradecerle al propio López Obrador y a jurarle lealtad eterna a su legado.
Y así de barata resultó aquella convicción cuando apareció una gubernatura en el horizonte.
El ridículo de la lealtad exprés
La dirigencia nacional, con Ariadna Montiel al frente, presentó a Mojica como ganadora del proceso interno y virtual candidata a la gubernatura de Guerrero para 2027.
Ahí mismo, con sus simpatizantes gritando “unidad” como si fuera porra de estadio, remató con una frase de rodillas políticas: le dijo a Claudia Sheinbaum que contara con su trabajo y su lealtad.
La misma lealtad que en 2018 ni siquiera estaba dispuesta a regalarle al hombre que fundó el movimiento del que hoy vive.
Pero el verdadero espectáculo no se quedó en el escenario.
Abelina López, alcaldesa de Acapulco con licencia y aspirante derrotada, salió a desconocer el resultado con todo y berrinche institucional: “ganaron las encuestas de papel, pero yo tengo la encuesta real”, presumió, inventándose una encuesta paralela que solo existe en su cabeza y en la movilización que dice haber hecho.
El PT tampoco se quedó callado y también desconoció el proceso por opacidad y exclusión.
Al final, Guerrero se queda con una candidata que hace ocho años despreciaba al fundador de su propio partido y hoy le reza como si la memoria no existiera.
Entre todo el numerito, Morena vuelve a demostrar que ahí la única lealtad de verdad es a la silla, nunca a la palabra empeñada.










