Cuando la violencia deja de ser una publicación y se convierte en el rostro de una amiga

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Hay algo que sucede todos los días en las redes sociales: abrimos Facebook y encontramos publicaciones de mujeres que están siendo buscadas, historias de mujeres violentadas por sus parejas, denuncias de agresiones y, en los casos más dolorosos, noticias de feminicidios.

Las vemos, nos indignamos, compartimos la publicación… y seguimos desplazándonos por la pantalla.

Hasta que un día aparece un rostro conocido. Una amiga, Una hermana, Una prima, Una compañera.

Y entonces entendemos, de una manera mucho más cercana y dolorosa, que la violencia contra las mujeres no es algo que solamente les pasa a otras personas.

Hace poco, a una amiga le tocó vivir una situación de violencia que pudo haber terminado en feminicidio. Y es precisamente ahí cuando una se pregunta:

¿cuántas veces hemos visto una historia así y, en lugar de preguntarnos qué vivió esa mujer, hemos decidido juzgarla?

Porque en redes sociales parece que todas y todos somos expertos.

Expertos en relaciones que no conocemos.
Expertos en decisiones que no vivimos.
Expertos en vidas de las que solamente conocemos una publicación.

Y aparecen comentarios como: “ellas se van con el primero, ni lo conocen y ahí se van”, o “esperemos que no se arrepienta la chica porque luego pasa”.

Pero detrás de una publicación hay una historia que desconocemos.

No sabemos qué ocurrió antes.
No sabemos cuánto miedo existía.
No sabemos cuántas veces esa mujer intentó alejarse.
No sabemos si fue amenazada, manipulada, aislada o controlada.
No sabemos qué obstáculos tuvo para salir de esa situación.

Y no necesitamos saberlo todo para dejar de culparla.

La violencia de pareja no siempre comienza con un golpe. Puede comenzar con controlar el teléfono, revisar mensajes, decidir cómo debe vestirse, alejarla de sus amistades, controlar su dinero, insultarla, amenazarla o hacerla sentir que nadie le va a creer.

Y cuando esa violencia escala, puede poner en riesgo la vida.

Por eso, cuando una mujer nos cuenta que está viviendo violencia, nuestra primera reacción no debería ser: “¿por qué no te fuiste?”

Debería ser: “¿Cómo puedo ayudarte?”

Porque quizá esa pregunta puede abrir una puerta.

Hoy quiero hablar de esto porque le pasó a una amiga, pero mañana podría ser alguien de nuestra familia. Y no deberíamos esperar a reconocer un rostro en una ficha de búsqueda para entender la gravedad de la violencia contra las mujeres.

Las redes sociales pueden servir para informar, alertar y acompañar. Pero también pueden convertirse en espacios donde se revictimiza, se culpa y se normaliza la violencia.

Antes de escribir un comentario, pensemos que del otro lado de la pantalla puede haber una mujer intentando sobrevivir.

No sabemos toda su historia.

Así que antes de juzgar, acompañemos.
Antes de culpar, escuchemos.
Antes de opinar, pensemos.

Porque ninguna mujer merece ser violentada, y ninguna mujer debería tener que demostrar que hizo “lo suficiente” para merecer nuestra empatía.

La violencia no es responsabilidad de quien la vive.
La responsabilidad es de quien la ejerce.

Y si alguna vez una amiga, una hermana, una prima o una compañera nos dice que tiene miedo, creámosle. Acompañémosla. No la dejemos sola.

 

DE TOCHO-MOROCHO