Si algo sobra en México son los discursos contra la corrupción. Lo que sigue faltando son resultados.
El vicealmirante Manuel Roberto Farías Laguna, investigado por su presunta relación con una red de huachicol fiscal, volvió a escribirle a la presidenta Claudia Sheinbaum, y con esta ya van ocho cartas.
Ocho intentos por hacer escuchar su versión de los hechos.
En esta ocasión asegura que la Presidenta recibió información equivocada sobre su caso y que eso afectó su derecho a la presunción de inocencia. Además, sostiene que dentro del propio Gobierno existen funcionarios que conocen lo ocurrido y que, según él, estarían bloqueando pruebas que podrían favorecer su defensa.

Hasta ahora, la respuesta ha sido el mismo silencio de siempre.
El huachicol no se mueve solo
Aquí hay una realidad que nadie puede esconder.
El huachicol fiscal no funciona por obra de magia. No aparece porque una sola persona decidió levantarse un día y mover millones de litros de combustible.
Para que opere una red de esa magnitud hacen falta permisos, contactos, protección, omisiones y demasiados ojos cerrados al mismo tiempo.
Porque mover combustible, alterar documentos, evadir impuestos y hacer pasar operaciones millonarias sin que nadie “vea nada” resulta difícil de creer.
Y esa es la pregunta que sigue flotando en el aire.
Si hubo una red, ¿dónde están todos los responsables?
Los peces chicos caen… los grandes siguen nadando
México ya conoce esa película.
Cuando estalla un escándalo, aparecen detenidos, conferencias de prensa y fotografías. Sin embargo, conforme pasan los meses, los nombres verdaderamente pesados desaparecen del reflector como por arte de magia.
Farías Laguna asegura que funcionarios del propio Gobierno conocen la verdad y siguen ocupando cargos públicos.

Si eso es falso, las autoridades deberían demostrarlo con una investigación transparente.
Pero si existe algo de verdad en esa acusación, entonces el problema deja de ser únicamente el huachicol fiscal.
El problema sería que quienes juraron combatir la corrupción estarían permitiendo que algunos personajes sigan protegidos por el sistema.
La corrupción no se combate con discursos
Todos los gobiernos prometen acabar con la corrupción.
Sin embargo, las investigaciones parecen avanzar solamente cuando resulta políticamente conveniente.
Porque la corrupción no distingue colores, partidos, uniformes ni cargos públicos.
Y la famosa lucha contra la corrupción corre el riesgo de convertirse en el chiste más caro del país: mucho espectáculo para las cámaras, muchas conferencias para presumir resultados… pero los verdaderos intocables siguen cobrando quincena, usando traje y entrando por la puerta principal de las oficinas públicas como si aquí no hubiera pasado absolutamente nada.









