Yoselin Rodríguez
Inicia junio y con él llega uno de los meses más coloridos y visibles del año: el Mes del Orgullo LGBT+. Durante estas semanas veremos banderas arcoíris en calles, edificios, redes sociales y espacios públicos. Para algunas personas puede parecer una celebración más; para otras, representa algo mucho más profundo: la posibilidad de existir sin miedo.
Aunque se han logrado avances importantes en materia de derechos y reconocimiento, la realidad es que todavía hay lugares en el mundo donde amar a alguien del mismo sexo es considerado un delito. Todavía existen países donde las personas LGBT+ enfrentan persecución, violencia e incluso penas de prisión simplemente por ser quienes son.
Pero la discriminación no siempre aparece en forma de leyes. También está presente en la vida cotidiana. Está en las casas donde salir del clóset puede significar perder el apoyo de la familia. Está en las escuelas donde muchas niñas, niños y jóvenes son víctimas de burlas o acoso. Está en los centros de trabajo donde algunas personas ocultan quiénes son por temor a ser rechazadas o limitadas en sus oportunidades.
Por eso el Pride sigue siendo necesario. No se trata únicamente de fiestas, desfiles o colores. Se trata de visibilidad. Se trata de recordar que durante décadas miles de personas tuvieron que vivir en silencio, esconderse o renunciar a una parte de sí mismas para sobrevivir. El orgullo es una respuesta a esa historia de exclusión. Es decir: “Aquí estamos, existimos y no tenemos que pedir permiso para ser quienes somos”.
También es un recordatorio de que el prejuicio y la discriminación tienen consecuencias reales. No son simples opiniones o diferencias de pensamiento. El rechazo constante afecta la salud mental, genera aislamiento, limita oportunidades y, en los casos más extremos, puede llevar a la violencia física o incluso a la muerte. Por eso se dice que la discriminación sí mata.
Hablar del orgullo es hablar de derechos humanos, de dignidad y de igualdad. Es reconocer que todas las personas merecen vivir libres de violencia, sin importar su orientación sexual o identidad de género. Junio es una celebración, sí, pero también una invitación a reflexionar sobre la sociedad que queremos construir: una donde nadie tenga que esconderse para sentirse seguro y donde el respeto no sea una excepción, sino una regla para todas y todos.
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