El pecado de ser joven en política

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“No hay nada más difícil de emprender, ni más dudoso de hacer triunfar, ni más peligroso de administrar, que iniciar un nuevo orden de cosas.” Así lo escribió Nicolás Maquiavelo hace más de cinco siglos en El Príncipe.

Curiosamente, esa frase sigue describiendo uno de los debates más incómodos de la política actual: ¿de verdad estamos dispuestos a dejar que las nuevas generaciones tomen decisiones o solo nos gusta hablar de ellas cuando aparecen en los discursos?

Estoy en mis 20’s y crecí escuchando que los jóvenes éramos el futuro. Nos dijeron que estudiáramos, que participáramos, que nos preparáramos porque algún día nos tocaría cambiar las cosas. Pero basta con que un joven llegue a un cargo público para que el discurso cambie por completo.

De pronto dejamos de ser “el futuro” para convertirnos en “los inexpertos”, “los improvisados” o “los que todavía no entienden cómo funciona la política”.

Y entonces surge una pregunta incómoda: ¿el problema realmente es la juventud… o el miedo a perder el control?

En Puebla, ese debate está más vivo que nunca. En los últimos meses, varias de las funcionarias más jóvenes del gabinete han estado bajo los reflectores.

Algunas críticas han sido legítimas; gobernar implica rendir cuentas y nadie debería estar exento del escrutinio público. Pero muchas otras no han girado alrededor de sus decisiones, sino de su edad, de su imagen, de cómo hablan, de cómo visten o del simple hecho de ocupar espacios que durante décadas parecían reservados para personas más grandes.

Y ahí es donde la crítica deja de ser política, para convertirse en prejuicio.

No escribo esto para pedir indulgencia. Ser joven no es un mérito, como tampoco ser mujer debería convertirse en un blindaje frente a cualquier cuestionamiento. Quien decide entrar al servicio público acepta, también, la responsabilidad de ser evaluado por sus resultados.

Pero tampoco podemos ignorar una realidad: a una mujer joven casi siempre se le exige demostrar el doble. Debe probar que sabe, que puede, que no llegó por una recomendación y que nadie mueve los hilos detrás de ella. Curiosamente, casi nunca escuchamos la pregunta inversa: ¿no será demasiado viejo para entender los problemas de una generación que ya no vive la política como antes?

Si los años en el poder fueran garantía de buenos gobiernos, México no seguiría arrastrando los mismos problemas de siempre. Y ese también es el reto de mi generación.

No basta con exigir espacios; hay que demostrar que podemos ocuparlos con capacidad, preparación y resultados. Porque sería un error pensar que la juventud, por sí sola, representa un cambio.

Lo que cambia a un gobierno no es la edad de quien lo encabeza, sino la forma en que ejerce el poder.

Las nuevas generaciones entienden mejor el lenguaje digital, saben conectar con otros públicos y dominan herramientas que hace apenas unos años eran impensables. Esa es una ventaja, sin embargo, el riesgo aparece cuando se confunde la política con la popularidad y un video viral empieza a importar más que una política pública.

Gobernar no es crear contenido; es tomar decisiones, incluso aquellas que no generan aplausos.

Hannah Arendt escribió que “la política trata del estar juntos y los unos con los otros de los diversos”. Tal vez hemos olvidado esa parte, hemos reducido el debate público a una discusión sobre edades, seguidores o etiquetas, cuando lo verdaderamente importante sigue siendo la capacidad para resolver los problemas de la gente.

No importa si un servidor público tiene 22, 32 o 62 años.

Lo que debería preocuparnos no es la fecha que aparece en su acta de nacimiento, sino la huella que deja cuando ocupa el poder.

Porque la historia no recuerda quién llegó más joven. Recuerda quién estuvo a la altura del cargo.

DE TOCHO-MOROCHO