La salud pública huele a abandono y los pacientes pagan el precio

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Mientras desde los escritorios se presume un sistema de salud “como el de Dinamarca”, en el Hospital General del Sur de Puebla la realidad golpea con fuerza a quienes menos deberían sufrirla: los pacientes.

Trabajadores y usuarios denuncian que desde hace más de una semana enfrentan un panorama indignante: escasez de medicamentos, falta de agua caliente y ausencia de material indispensable para esterilizar instrumental médico.

No se trata de fallas menores ni de un simple problema administrativo; son carencias que ponen en riesgo la atención médica y la seguridad de cientos de personas.

La inconformidad explotó durante una asamblea de emergencia, donde personal del hospital encaró al dirigente sindical para exigir respuestas. El reclamo fue frontal, cargado de desesperación y de ese cansancio que solo conocen quienes todos los días deben explicarles a los pacientes por qué el hospital no puede ofrecer lo más básico.

¿Así quieren presumir un sistema de primer mundo?

Resulta ofensivo escuchar discursos triunfalistas cuando la realidad dentro de los hospitales cuenta una historia completamente distinta.

¿De qué sirve hablar de modernización si no hay medicamentos?, ¿Qué clase de atención digna puede recibir un enfermo cuando ni siquiera existe agua caliente para las necesidades básicas?…

No son detalles técnicos y no son errores de oficina, al contrario, son fallas que pueden traducirse en infecciones, complicaciones médicas y tratamientos interrumpidos.

Lo más preocupante es que esta crisis no apareció de la noche a la mañana.

Desde hace meses se acumulan denuncias por desabasto de medicamentos, suspensión de tratamientos y múltiples deficiencias en hospitales operados bajo el modelo IMSS-Bienestar. Mientras tanto, pacientes y familiares terminan comprando de su bolsillo lo que el Estado debería garantizar.

Los discursos no curan enfermos

La clase política parece vivir en un país distinto. Desde los micrófonos hablan de avances históricos, pero en los hospitales la gente hace filas para recibir una receta que probablemente nunca será surtida.

Cada conferencia presume resultados, cada boletín promete mejoras. Sin embargo, la realidad vuelve a exhibir que las promesas se quedan en el papel mientras los hospitales continúan sobreviviendo entre carencias.

Porque aquí no estamos hablando de una fuga de agua o de un foco fundido. Estamos hablando de personas que necesitan atención médica inmediata, de trabajadores obligados a improvisar y de familias que llegan buscando esperanza para encontrarse con un sistema rebasado.

Cuando el gobierno falla, el paciente paga

Lo verdaderamente grotesco es que nadie parece asumir responsabilidades. Los funcionarios seguirán cobrando su salario, los discursos continuarán llenando conferencias y los comunicados seguirán hablando de avances.

Quienes pagan la factura son los pacientes.

Son los adultos mayores que esperan sus medicamentos; los niños que requieren tratamiento; familias que venden lo poco que tienen para comprar medicinas que deberían ser gratuitas y también es el personal médico, que enfrenta la impotencia de querer salvar vidas con recursos cada vez más limitados.

La salud pública no puede sostenerse con propaganda ni con comparaciones internacionales. Un hospital no funciona con eslóganes, funciona con medicamentos, insumos, agua, equipo y condiciones dignas.

Y mientras en Puebla se siga presumiendo un sistema de salud “como el de Dinamarca”, pero los hospitales permanezcan sin lo más elemental, la distancia entre el discurso oficial y la realidad seguirá siendo tan grande como el abandono que hoy denuncian pacientes y trabajadores del Hospital General del Sur.

DE TOCHO-MOROCHO