Yoselin Rodríguez
Cuando termina un partido de fútbol, millones de personas hablan del marcador, de los errores del árbitro, de las oportunidades desperdiciadas y del desempeño de los jugadores. La conversación gira en torno a una derrota deportiva que, con el paso de los días, quedará atrás. Sin embargo, para algunas familias mexicanas, el final de un partido representa el inicio de una noche de miedo.
No es el fútbol el que provoca la violencia. Tampoco una derrota convierte a una persona en agresora. La violencia tiene causas mucho más profundas, relacionadas con la desigualdad de género, el machismo, la falta de control emocional y, en muchos casos, el consumo excesivo de alcohol. Sin embargo, especialistas han advertido que los eventos deportivos de alta intensidad emocional pueden convertirse en detonantes de agresiones en hogares donde la violencia ya existe.
En México, la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH 2021), elaborada por el INEGI, revela una realidad alarmante: el 70.1 % de las mujeres de 15 años y más ha experimentado algún tipo de violencia a lo largo de su vida, ya sea psicológica, física, sexual, económica o patrimonial. Además, 39.9 % ha sufrido violencia por parte de su pareja. Estas cifras muestran que la violencia contra las mujeres no es un hecho aislado, sino un problema estructural que afecta a millones de hogares mexicanos.
Aunque en México no existe una investigación que demuestre que durante los partidos de la Selección Nacional la violencia familiar aumente un porcentaje específico, estudios internacionales sí han encontrado una relación entre eventos deportivos de gran audiencia y el incremento de las agresiones. Una investigación de la Universidad de Lancaster, en Inglaterra, documentó que los reportes de violencia doméstica aumentaban 26 % cuando la selección inglesa ganaba o empataba y hasta 38 % cuando perdía durante los Mundiales de fútbol. De manera similar, un estudio realizado en Colombia encontró incrementos de hasta 43 % en la atención médica por violencia contra las mujeres durante jornadas del Mundial de 2014.
Estos datos no significan que el fútbol sea el origen de la violencia, sino que un evento de alta carga emocional puede convertirse en el detonante de conductas violentas cuando ya existen factores de riesgo como el machismo, el abuso del alcohol y la normalización de la agresión dentro del hogar.
Por eso, cuando decimos que “México perdió”, también vale la pena pensar que algunas familias mexicanas pudieron haber perdido mucho más que un partido. Mientras las redes sociales se llenan de memes, críticas y análisis deportivos, hay mujeres que esconden documentos importantes, guardan dinero para una emergencia, mantienen su teléfono cargado o identifican un lugar seguro para ellas y sus hijos por si necesitan salir de casa. Esa es una realidad silenciosa que pocas veces forma parte de la conversación pública.
La verdadera derrota no ocurre en la cancha. Ocurre cuando una mujer siente miedo de regresar a su casa; cuando una niña o un niño escuchan gritos en lugar de celebrar un partido; cuando el resultado de un juego se convierte en el pretexto para ejercer violencia contra quienes nada tuvieron que ver con el marcador.
Como sociedad, necesitamos dejar de normalizar estas conductas. Ninguna victoria, ninguna derrota y ningún deporte justifican la violencia. La pasión por una camiseta jamás puede estar por encima del respeto por la vida, la integridad y la dignidad de las personas.
Ojalá llegue el día en que la única preocupación después de un partido sea el resultado en la cancha. Porque un marcador cambia al día siguiente, pero las heridas físicas y emocionales que deja la violencia pueden permanecer durante toda la vida. Ese día, entonces sí, podremos decir que el fútbol cumplió su verdadero propósito: unir a las personas, nunca ponerlas en riesgo.









