Los parquímetros se han convertido en una auténtica máquina de recaudación para el Ayuntamiento de Puebla.
En su primer año de operación, el programa generó más de 55 millones de pesos, de los cuales 32 millones provinieron de multas, mientras que alrededor de 23 millones correspondieron al uso del servicio.
En otras palabras, el gobierno municipal obtuvo más dinero castigando a los automovilistas que por el propio funcionamiento del sistema.
Cuando se anunció el programa, Pepe Chedraui aseguró que el objetivo no era recaudar, sino ordenar la movilidad y fortalecer la seguridad. Sin embargo, las cifras muestran que las sanciones representan la mayor fuente de ingresos del sistema, al concentrar cerca del 60 % de la recaudación.
Ese contraste alimenta las críticas de ciudadanos que consideran que el programa terminó funcionando más como una caja registradora que como una verdadera política de movilidad.
Mucho dinero… y los mismos problemas
Mientras millones de pesos ingresan a las arcas municipales, los problemas que más molestan a los poblanos siguen ahí.
El ambulantaje continúa ocupando calles del Centro Histórico, los franeleros mantienen presencia en distintas zonas, la movilidad sigue siendo caótica y la percepción de inseguridad no desaparece.
La pregunta resulta inevitable: ¿dónde se reflejan esos millones?
Porque cobrar multas resulta sencillo. Lo complicado es demostrar que ese dinero realmente mejora la ciudad. Hasta ahora, los cambios siguen siendo insuficientes frente a lo que el Ayuntamiento recauda.
La inconformidad crece y el gobierno municipal sostiene que parte de esos recursos se destinarán a infraestructura, cámaras de videovigilancia o mejoras en los polígonos donde opera el programa.
Sin embargo, la percepción entre muchos automovilistas es distinta: mientras las multas llegan puntuales, los resultados tardan en aparecer.
Y ese es el verdadero problema, no es únicamente cuánto recauda el Ayuntamiento, sino la sensación de que el ciudadano paga cada vez más, mientras sigue enfrentando banquetas invadidas, comercio informal, problemas de movilidad y una ciudad donde las soluciones avanzan mucho más lento que los cobros.








