Paola Migoya
Cada noviembre, México se llena de un dorado que no viene del sol, sino de la tierra. El cempasúchil abre caminos, el copal sube en espiral y en millones de hogares se levanta un altar. Pocas naciones en el mundo tienen el privilegio de mirar a la muerte de frente y responderle con flores, pan y música. Nosotros lo hacemos, y conviene preguntarnos por qué.
Y no hay vista más hermosa de ese dorado que la que se contempla desde lo alto de la Gran Pirámide de Cholula, el Tlachihualtépetl, a los pies del Santuario de Nuestra Señora de los Remedios. Desde ahí, al atardecer, los campos de cempasúchil y de flor de terciopelo se extienden como un manto dorado y morado sobre el valle, mientras los volcanes guardan silencio en el horizonte. Es una vista tan excelsa que parece revelarnos los colores de la vida misma: el oro del sol que se despide y el morado de la noche que llega; la pirámide antigua y el templo virreinal, dos memorias sosteniendo un mismo cielo.
La respuesta está en nuestra memoria más antigua. Para los pueblos mexicas, la muerte no era un final, sino un tránsito. Quien partía emprendía un viaje de cuatro años hacia el Mictlán, el reino de Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, atravesando nueve regiones: un río que solo se cruzaba con la ayuda de un xoloitzcuintle, cerros que chocaban entre sí, montañas de obsidiana, vientos cortantes como navajas, aguas oscuras. Al final, en el noveno nivel, el alma encontraba reposo.
Durante siglos se nos enseñó a leer estos relatos como mitología pintoresca. No lo son. Son relatos del viraje del alma: mapas que describen cómo el ser humano se desprende, paso a paso, de aquello que lo ata, hasta quedar en lo esencial. Cada nivel del Mictlán nombra algo que todos atravesamos en vida: la pérdida, el dolor que corta, el despojarse del peso del ego, la entrega del corazón.
Y aquí está lo extraordinario: nuestros antepasados no estaban solos en esta intuición. Los monjes tibetanos legaron el Bardo Thödol, que guía a la conciencia por los estados intermedios entre una vida y otra. Los antiguos egipcios escribieron el Libro de los Muertos, donde el corazón del difunto se pesaba frente a la pluma de la verdad. Tres civilizaciones separadas por océanos y milenios llegaron a la misma certeza: existe un mapa de ruta para el alma, y ese mapa no está afuera, sino dentro de nosotros.
Esa coincidencia no es casualidad. Es la prueba de que la sabiduría es patrimonio de toda la humanidad, de que en todas las culturas late una misma memoria: esa parte eterna del gran misterio que, en el fondo, somos nosotros mismos.
Nuestros abuelos lo contaron también en una leyenda hermosa: cuando el mundo estaba vacío, Quetzalcóatl descendió al Mictlán para rescatar los huesos de las generaciones pasadas. Con ellos, y con su propia sangre, dio origen a la humanidad. Somos, literalmente, hechos de quienes se fueron. Por eso decimos que la muerte es vida y la vida es muerte.
Luego vino el encuentro de dos mundos, y de él nació algo nuevo. Dos culturas se fundieron y se enriquecieron mutuamente. La fiesta de los muertos se entrelazó con el Día de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos; el copal se encontró con el incienso, la cruz con la flor de veinte pétalos. A la mesa ancestral llegaron el azúcar, la canela y el trigo, y el cacao de nuestros pueblos se volvió chocolate para recibir a los visitantes del otro mundo. De esa fusión nacieron el pan de muerto, los dulces de calabaza y de alfeñique y, sobre todo, el mole: platillo de fiesta que reúne en un mismo metate los chiles de esta tierra con las especias de otros mares.
Los siete niveles del altar
De ese mestizaje surgió también el altar de siete niveles, que en la tradición popular representa los escalones que el alma recorre para alcanzar el descanso eterno, eco del antiguo viaje por el Mictlán:
1. Primer nivel, en lo más alto: la imagen del santo o la Virgen de devoción de la familia, que preside la ofrenda.
2.Segundo nivel: las ánimas del purgatorio, a quienes se pide ayuda para que el alma encuentre su camin
3. Tercer nivel: la sal, que purifica y protege al espíritu en su travesía.
4.Cuarto nivel: el pan, símbolo de alimento y de comunión; en Puebla, la hojaldra.
5. Quinto nivel: los platillos, frutas y bebidas favoritos de quienes nos visitan.
6.Sexto nivel: las fotografías de nuestros difuntos, rostros que regresan a casa.
7. Séptimo nivel, la ras de suelo: la cruz de semillas, flores o ceniza, el copal y las velas que marcan el inicio del camino.
Subir de la tierra al cielo, escalón por escalón: el altar es un mapa del alma hecho con nuestras propias manos.
Puebla, una ofrenda a la vida
En Puebla esta fusión se vive con especial intensidad, porque Puebla es honor e historia, y es en sí misma una ofrenda a la vida. Basta caminar por el Centro Histórico en estos días para comprenderlo: sus ofrendas nos cuentan una historia milenaria, la de un pueblo que nunca dejó de recordar. Huele a cempasúchil, a incienso y a copal, a guisos que llevan horas en el fogón. Está en las hojaldras recién horneadas, en el papel picado de Huixcolotla que deja respirar al viento, en las ofrendas monumentales de Huaquechula, en el mole que hierve lento en las cocinas como hace siglos. Cada ofrenda poblana es un libro abierto; cada elemento, una palabra de un idioma que no hemos olvidado.
Esa es la importancia de lo nuestro. Nuestras raíces no son un recuerdo detenido en el tiempo: son el cimiento que nos sostiene y la grandeza que nos impulsa a seguir adelante. Un árbol sin raíces no resiste el viento; un pueblo que conoce su origen puede mirar al futuro con certeza. Nuestra historia está hecha de muchos capítulos, y en todos ellos la memoria ha dicho lo mismo: la vida merece celebrarse.
¿Qué nos enseña todo esto hoy, en un mundo acelerado que esconde la muerte y por eso mismo olvida vivir? Una lección sencilla y profunda: sabremos vivir si sabemos morir. Aceptar nuestra finitud no es rendirse ante la limitación; es justamente lo que nos permite abrazar lo eterno. Quien sabe que la vida es breve aprende a deleitarse en ella: en una comida compartida, en el rostro de quienes amamos, en el color de una flor.
Por eso, esta temporada, celebremos la sabiduría ancestral no solo como folclor, sino como un espejo. Que al encender una vela miremos también hacia nuestro interior, donde habita esa sabiduría eterna. Que reconozcamos en nuestras tradiciones lo que nos une como país: el amor por los nuestros, la belleza que sabemos crear y una memoria que se niega a desaparecer.
Valoremos el pasado, porque nos dice quiénes somos. Pero recordemos que lo único que realmente tenemos es este instante. Nuestros muertos nos visitan cada año para recordárnoslo: la vida no está detrás ni adelante. Está aquí, en este momento en que podemos mirarnos en los ojos de lo eterno.
Lo que tenemos es el eterno hoy.
Puebla, pueblita de mis amores: que tu memoria siga encendida como una vela en el altar del tiempo.









