Yoselin Rodríguez
Maternar es un acto político. Es resistencia, lucha y visibilización pero, sobre todo, es amor. Durante generaciones se nos ha enseñado que la maternidad debe vivirse desde el cansancio, el sacrificio y la renuncia; como si convertirse en madre implicara dejar de ser mujer, persona, profesionista, compañera o soñadora. La sociedad ha romantizado el agotamiento y ha normalizado que las mujeres deban cargar solas con las responsabilidades de crianza, mientras sus deseos, proyectos y necesidades quedan en segundo plano. Por eso, hablar de maternidad también es cuestionar las estructuras que históricamente han invisibilizado el trabajo de cuidado y exigir condiciones dignas para quienes deciden maternar.
La maternidad necesita ser reconocida todos los días, no solamente en fechas conmemorativas. Es indispensable garantizar derechos, acceso a la salud, seguridad, redes de apoyo, espacios laborales justos y condiciones que permitan criar desde la dignidad y no desde la sobrevivencia. Maternar no debería significar aislamiento, culpa o abandono de una misma. Por el contrario, tendría que ser una experiencia acompañada, respetada y sostenida colectivamente. Porque criar también es construir comunidad y transformar la manera en que entendemos el amor, los cuidados y la corresponsabilidad.
Sin embargo, la realidad para muchas mujeres sigue marcada por la desigualdad. Miles de madres enfrentan jornadas dobles y triples de trabajo: sostienen empleos remunerados mientras continúan siendo las principales responsables del hogar y de los cuidados. Muchas deben abandonar sus estudios, pausar sus proyectos profesionales o aceptar empleos precarios por la falta de condiciones laborales justas y de espacios seguros para criar. A esto se suma la brecha salarial, la violencia económica y la constante exigencia social de ser “buenas madres” sin importar el desgaste físico y emocional que ello implique.
También existe una enorme desigualdad en la manera en que se distribuyen los cuidados. Mientras a las mujeres se les enseña desde niñas a cuidar, atender y renunciar, a muchos hombres todavía no se les exige asumir la crianza con la misma responsabilidad. La maternidad sigue siendo vista como una obligación natural femenina y no como una responsabilidad compartida. Esa idea ha provocado que muchas mujeres maternen en soledad, sin redes de apoyo, sin tiempo propio y con culpa constante por intentar equilibrar sus sueños con las expectativas sociales.
Hablar de maternidad implica reconocer que las mujeres no tendrían que elegir entre sus metas personales y el deseo de criar. Implica entender que el amor hacia las hijas e hijos no debería medirse por cuánto se sacrifica una mujer, sino también por la posibilidad de construir entornos sanos, libres y dignos para todas las personas. Porque una maternidad digna también necesita descanso, autonomía, estabilidad económica, acompañamiento y libertad.


