Canadá: el socio olvidado, hoy necesario

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Fue tan relevante la misión comercial que la semana pasada llevó a 244 empresas mexicanas y al secretario Marcelo Ebrard y su equipo a Toronto y Montreal con más de mil 800 reuniones de negocios.

Enrique Quintana

Hay socios comerciales que pesan tanto que terminan por opacar al resto. Eso nos ha pasado con Estados Unidos.

Con frecuencia olvidamos que el T-MEC, y antes el TLCAN, se firmó entre tres países, no dos.

Por eso fue tan relevante la misión comercial que la semana pasada llevó a 244 empresas mexicanas y al secretario Marcelo Ebrard y su equipo a Toronto y Montreal con más de mil 800 reuniones de negocios.

En algún sentido, fue mucho más que una gira de promoción. Fue el reconocimiento, tardío pero pertinente, de que el tercer vértice del triángulo norteamericano puede ser la pieza estratégica que cambie el equilibrio en la revisión del tratado.

Las cifras explican el olvido. En 2025, el comercio total de bienes entre México y Estados Unidos rebasó los 872 mil millones de dólares. El intercambio con Canadá, rondó los 35 mil millones: apenas el 4 por ciento de lo que movemos con nuestro vecino del norte.

Para México, Canadá es el quinto socio comercial; para Canadá, México es el tercero. La asimetría tiene su lógica: más del 80 por ciento de las exportaciones mexicanas terminan en Estados Unidos. Pero la lógica del corto plazo se ha convertido, en el contexto actual, en una vulnerabilidad estratégica. La concentración que durante tres décadas fue una fortaleza, hoy puede ser un foco rojo.

El cambio de tono ya estaba en marcha. Cuando Mark Carney y Claudia Sheinbaum firmaron en septiembre pasado, en el Palacio Nacional, la “Asociación Estratégica Integral” y el Plan de Acción México-Canadá 2025-2028.

El mensaje fue claro: ambos países se preparaban para enfrentar la revisión del T-MEC con un piso bilateral propio. El Wilson Center, en un análisis publicado en febrero, lo describió como un “momento estratégico” para dos potencias medias que tienen incentivos para coordinarse antes de que Washington fije unilateralmente las reglas. Bloomberg fue más directo: se trató de un movimiento para “operar al margen de los caprichos de la Casa Blanca”.

El contraste de estilos diplomáticos es notable. Mientras la administración Sheinbaum ha apostado por un trato discreto con Washington —Ebrard ha sostenido decenas de reuniones técnicas, evitando el ruido público—, Carney ha optado por la confrontación abierta. Mike Froman, presidente del Council on Foreign Relations, recordaba la semana pasada que el responsable del USTR, Jamieson Greer, llegó a decir ante el Congreso que “los adultos están en el cuarto” cuando se habla de México, sugiriendo de paso que en Canadá esa figura escasea.

El riesgo para nosotros es claro: si Canadá queda aislada en la negociación, el T-MEC se desfonda y México se queda a solas frente a un Trump cada vez menos predecible. De ahí la urgencia de tender puentes

La misión comercial mexicana en Canadá tuvo capítulos concretos. En Toronto, el secretario Ebrard y su contraparte canadiense, Dominic LeBlanc, firmaron un acuerdo para intensificar el comercio y la inversión bilateral.

Hubo encuentros con los CEOs de Air Canada, Bombardier, Brookfield, CN Rail, TC Energy y el Business Council of Canada. Empresas mexicanas visitaron la planta de baterías de litio de Electrovaya, en el corazón del ecosistema canadiense de electromovilidad.

Y el componente pyme —la mayoría de las 244 firmas presentes— no es menor: hasta ahora, la integración con Canadá había sido cosa de grandes corporativos. Diversificar la base exportadora hacia el norte canadiense es justo lo que el Plan México necesita para sostener la narrativa de mayor valor agregado nacional.

Hay terrenos donde la complementariedad es obvia y mal aprovechada. Canadá es potencia mundial en minerales críticos —litio, níquel, cobalto, grafito, tierras raras— y México es el primer productor de plata y un actor relevante en cobre y zinc.

La Brookings Institution, en marzo, llamó al T-MEC “una institución ancla” para la prosperidad regional, y subrayó que las cadenas de valor en electromovilidad, semiconductores y manufactura avanzada exigen integración más profunda entre los tres socios, no menos.

Si la mesa de negociación se convierte solo en un pulso bilateral con Washington con cada quien por su lado, esa lógica regional se rompe.

Nada garantiza que la jugada funcione. Carney enfrenta una opinión pública crispada por los aranceles que Trump impuso en 2025 bajo la IEEPA, antes de que la Corte Suprema los frenara en febrero de este año.

Sheinbaum debe administrar al mismo tiempo presión arancelaria, calendario electoral estadounidense y un crecimiento interno débil.

Pero la fotografía de la semana pasada en Toronto manda una señal clara a los mercados y a Washington: el T-MEC tiene tres firmas, y México lo va a recordar en la mesa.

Olvidar a Canadá fue, durante años, una comodidad estadística. Hoy es un lujo que ya no nos podemos dar.

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