No necesitamos más años, necesitamos más vida

Nos enseñaron a contar la existencia en años, pero casi nunca nos enseñaron a preguntarnos qué hicimos con ellos.

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Contamos cumpleaños, propiedades, títulos, viajes, ingresos, seguidores y cargos. Convertimos el éxito en una colección de cosas que pueden mostrarse y presumirse, como si acumular fuera sinónimo de haber vivido.

Hasta que llega la enfermedad, la vejez o la soledad y nos recuerda una verdad bastante incómoda: tener mucho no significa necesariamente estar bien.

Hay personas que después de atravesar pérdidas, padecimientos y la vista, conservan una capacidad que parece cada vez más escasa: disfrutar una conversación, reírse de cualquier tontería e interesarse por lo que ocurre afuera.

Y entonces uno entiende que quizá la verdadera fortaleza no siempre está en poder hacerlo todo por cuenta propia. A veces está en conservar el carácter cuando las circunstancias ya hicieron todo lo posible por arrebatártelo.

Esto debería hacernos pensar también en la manera en que medimos el bienestar desde la política.

Nos encantan los números porque son fáciles de presumir. Miles de apoyos entregados; millones invertidos; cientos de obras y porcentajes de crecimiento. Solo que, ahí está una de las grandes fallas de nuestra política: hemos aprendido a administrar cifras, pero seguimos sin aprender a mirar personas.

Gobernar no debería consistir únicamente en aumentar presupuestos o inaugurar infraestructura. También debería implicar preguntarnos qué tan dignamente está viviendo quien no tiene influencia, dinero o una cámara apuntándole.

Porque una sociedad puede presumir desarrollo y al mismo tiempo, tener a miles de personas abandonadas, pero eso también es fracaso.

Ya que, tarde o temprano, el cargo se acaba, la oficina se vacía, el equipo se dispersa, la fotografía deja de importar y quienes ayer buscaban una cita urgente quizá mañana ni siquiera contesten.

Hay políticos que han pasado tantos años construyendo su identidad alrededor del poder que, cuando pierden la silla, parece que también pierden quiénes son.

No tienen conversación fuera de la política, no tienen intereses fuera del gobierno, ni una vida que sostenga al funcionario cuando este desaparece. Y ahí empieza el peligro, porque cuando alguien cree que sin poder no vale nada, puede terminar haciendo cualquier cosa para conservarlo.

La corrupción no siempre comienza con dinero debajo de la mesa. A veces empieza con una idea mucho más impactante: creer que el cargo te pertenece.

De ahí vienen los favores, los pactos, el tráfico de influencias, el silencio conveniente o esa obsesión por permanecer, que termina convirtiendo el servicio público en un negocio personal.

Por eso quizá la pregunta más importante para quien quiere gobernar debería ser: ¿Quién vas a ser cuando ya no lo tengas?

Porque quien no sabe quién es sin un cargo difícilmente entenderá que gobernar significa administrar temporalmente algo que pertenece a todos.

Y al final, cuando desaparecen los privilegios, queda el carácter. Es decir, no recordaremos a la gente únicamente por lo que consiguió, sino por lo que provocó.

En otras palabras, esa la diferencia entre existir y haber vivido.

Una persona puede pasar décadas acumulando dinero y terminar sin nadie con quien compartirlo; puede ocupar puestos importantes y no haber construido una sola relación auténtica; puede aparecer en cientos de fotografías y no ser recordada con cariño en ninguna.

Por eso no necesitamos forzosamente más años, solo necesitamos que los años tengan contenido.

Dado que, cuando todo termine (puesto, dinero, aplausos, campañas y reflectores) nadie podrá llevarse nada de eso. Lo único que quedará será lo que hiciste sentir a los demás mientras estuviste aquí y cuánta vida fuimos capaces de poner dentro de ellos.

DE TOCHO-MOROCHO