Cuando el oficialismo comienza a sentir el fuego cerca de los suyos, reaparece el gran patriarca de la autollamada transformación. Desde la tranquilidad de “La Chingada”, lejos de las conferencias mañaneras y de las preguntas incómodas, Andrés Manuel López Obrador volvió al escenario público para defender a Claudia Sheinbaum Pardo, denunciar conspiraciones internacionales y recordar, con una nostalgia casi enternecedora, al “otro Trump”.
En una carta tan extensa como predecible, López Obrador aseguró que los señalamientos provenientes de Estados Unidos sobre presuntos vínculos entre políticos y el narcotráfico son parte de una maquinación intervencionista destinada a debilitar a Morena y fortalecer a la oposición. En pocas palabras: cuando la realidad incomoda, siempre hay un enemigo externo disponible para cargar con la culpa.
La narrativa parece seguir el viejo manual del obradorismo: negar, victimizarse y después construir una historia épica donde el movimiento vuelve a ser perseguido por fuerzas oscuras nacionales e internacionales.
Resulta particularmente pintoresco observar cómo quien durante años monopolizó el discurso de la soberanía nacional ahora dedica varias cuartillas a lamentar que Estados Unidos ya no actúe como antes. Incluso llegó a expresar su desagrado por el comportamiento de Donald Trump.
Pero quizá lo más revelador no es lo que dice la carta, sino lo que confirma. Aunque oficialmente se retiró de la vida pública, López Obrador sigue fungiendo como el gran titiritero político del régimen. Cada vez que Morena enfrenta una tormenta, aparece para dictar la narrativa, repartir culpables y recordar quién sigue moviendo los hilos detrás del telón.
Y así, mientras México continúa atrapado entre la violencia, el avance del crimen organizado, las dudas sobre la estrategia de seguridad y los crecientes cuestionamientos internacionales, el expresidente vuelve a ofrecer la misma pócima discursiva de siempre: una generosa dosis de victimismo, una cucharada de conspiración extranjera y un abundante baño de propaganda para consumo de los fieles.
Porque en el universo obradorista nunca hay errores, nunca hay responsables internos y nunca hay autocrítica. Hay adversarios, complots, infundios, conjuras, asechanzas imperiales y toda una colección de fantasmas útiles para evitar la pregunta más incómoda de todas: si todo iba tan bien, ¿por qué cada vez cuesta más defenderlo?








