Hay una edad en la que el mundo comienza a exigirte respuestas que nadie te enseñó a construir.
¿Qué vas a hacer con tu vida?
¿Qué quieres estudiar?
¿Dónde quieres trabajar?
Y mientras intentas responderlas, también tienes que demostrar que eres suficientemente capaz para que te tomen en serio.
Porque ser joven en este mundo tiene una contradicción bastante curiosa: se espera que tengamos grandes ideas, pero muchas veces se duda de nuestra capacidad para ejecutarlas.
Hoy es el Día Internacional de la Juventud y podríamos llenar las redes de frases bonitas, fotografías con jóvenes sonriendo y discursos sobre “el futuro de nuestras sociedades”.
Pero la juventud merece algo más que un hashtag… Merece oportunidades.
Porque mientras algunos siguen pensando que ser joven es una etapa de espera, millones de ellos en todo el mundo ya están haciendo política, creando empresas, investigando, protestando, haciendo arte, defendiendo causas, transformando comunidades y obligando a gobiernos enteros a escuchar temas que durante años fueron ignorados.
La juventud dejó de pedir permiso y quizá eso es lo que más incomoda. Queremos participar en cómo se construye el mundo y eso también pasa por la política.
Durante años nos dijeron que los jóvenes no se interesaban en ella y curiosamente, muchas veces quienes lo decían eran los mismos que nunca hicieron demasiado por abrirles la puerta.
Porque participar en política no debería significar únicamente votar cada determinado número de años.
También significa cuestionar; organizarse; exigir; informarse; competir por un cargo; sentarse en una mesa donde antes nadie quería vernos y sobre todo, estar donde se toman las decisiones.
Porque no tiene sentido hablar de políticas para jóvenes sin jóvenes en la mesa. Y mucho menos tiene sentido utilizar a este sector como fotografía electoral, como carne de campaña o como decoración para discursos que después no se traducen en oportunidades reales.
La juventud también tiene poder…
Un poder que quizá no siempre se ve en un escritorio, pero que está en las calles, en las universidades, en los barrios, en las redes sociales, en los proyectos que nacen desde cero y hasta en la capacidad de convertir una conversación en un movimiento.
Las fronteras cambiaron; la forma de participar también y la política no puede seguir comportándose como si internet hubiera inventado únicamente las selfies.
Pero aquí viene la parte incómoda. Si queremos ocupar los espacios de decisión, tenemos que estar a la altura de ellos.
La verdadera revolución de nuestra generación no será solamente llegar jóvenes al poder. Será entender qué hacer con él cuando finalmente lo tengamos.
Quizá por eso este día no debería servir para que los adultos nos digan que somos importantes. Debería servir para que nosotros recordemos que lo somos.
Somos una generación que creció entre crisis económicas, guerras, cambios tecnológicos, incertidumbre climática, polarización política y una transformación digital que nadie nos pidió permiso para vivir.
Y aun así aquí estamos, estudiando; trabajando; emprendiendo; creando; cuestionando; intentando… a veces equivocándonos, pero avanzando.
Por ello, es necesario que nuestra generación deje de ser utilizada como discurso y empiece a ser tomada en serio como fuerza política, social y económica.
Porque la juventud no necesita que le abran todas las puertas. Necesita que dejen de cerrárselas.
Y quizá el verdadero problema nunca fue que los jóvenes quisiéramos demasiado. Quizá el problema es que, por primera vez, estamos empezando a creer que sí podemos conseguirlo.









