Paola Migoya
A casi cuatro mil metros sobre el nivel del mar, donde la tierra se empina tanto que parece querer besar al cielo, sopla un viento helado que resguarda la memoria intacta de México. Ahí, en ese abrazo de roca, pino y niebla custodiado por el aliento vivo del Popocatépetl y el sueño eterno de la Iztaccíhuatl, yace una verdad que trasciende a las geografías de papel.
Durante más de cinco siglos, la historia oficial nos acostumbró a llamar a este cruce montañoso el Paso de Cortés, encapsulando un hito natural de proporciones sagradas en el registro del conquistador que lo atravesó en el otoño de 1519. Sin embargo, las montañas —que no leen decretos ni entienden de mapas colonialesguardan en sus entrañas otro nombre más antiguo, más profundo y lleno de aliento: Tlamacaxco.
EL ABRAZO DEL VIENTO Y LA COSMOVISIÓN SAGRADA
Escuchar la palabra Tlamacaxco es conectar de inmediato con el murmullo de nuestros abuelos. En la riqueza conceptual del náhuatl, deriva de Tlamacazqui («el que da», «el penitente» o «el sacerdote») y del sufijo locativo -co («lugar de»). Tlamacaxco es «El lugar donde se hacen las ofrendas», el santuario de alta montaña donde no se iba a dominar, sino a entregar; no a conquistar, sino a agradecer.
Para las naciones nahuas y chalcas, este paraje no era una simple brecha geográfica o un obstáculo militar. Era un templo al aire libre donde la tierra rozaba el firmamento. Allí acudían los sacerdotes a realizar ayunos y depositar tributos rituales ante Tláloc, pidiendo que el agua bajara bendita a fertilizar los valles. Era un espacio sagrado definido por la veneración, el respeto y la armonía con la naturaleza.
«Renombrar no es borrar la historia; es devolverle el alma al paisaje. Es decirle a la memoria nacional que la dignidad de este suelo nunca se perdió: solo estaba esperando a que la llamáramos por su verdadero nombre.»
—1— UNIR EN LUGAR DE DESUNIR: LA RIQUEZA DE NUESTRO MESTIZAJE
Reivindicar el nombre de Tlamacaxco no nace del rencor ni busca fracturar lo que hoy somos. Los mexicanos de hoy somos el resultado grandioso y complejo del encuentro de dos mundos; somos el cauce donde se abrazan raíces profundas y horizontes diversos. Reconocer el origen indígena no es desunir ni abrir heridas, es ponernos de pie completos frente a la historia.
Mirar hacia atrás sin rabia, pero con el pecho henchido de orgullo, nos permite declarar con solidez: aquí estábamos, aquí sentíamos y aquí pensábamos con una sabiduría cósmica e inmensa. Volver a las raíces es un acto de sanación colectiva que le devuelve la dignidad al legado de nuestros antepasados.
LA VERDADERA JUSTICIA A NUESTRA MEMORIA
Celebro con entusiasmo que desde la voz de nuestra primera Presidenta de la República se promueva el reconocimiento y el rescate de nuestra toponimia originaria. Es un paso histórico y luminoso. Pero si vamos a dar el paso entero, hagámoslo con la finura y la grandeza de nuestra propia cosmogonía: no nombremos el paraje solo por el episodio anecdótico de un encuentro, sino por el origen sagrado que siempre tuvo. Esa es la verdadera justicia a nuestra memoria viva.
EL LEGADO INQUEBRANTABLE QUE NOS PERTENECE
Cuando hoy un mexicano asciende a Tlamacaxco y siente cómo el aire helado le hincha los pulmones, no observa únicamente una carretera o una reserva natural. Observa la grandeza de su propia sangre. Reconoce a los hombres y mujeres que sabían hablarle con veneración a los volcanes, que leían el curso de los astros y que entendían que el ser humano no es dueño de la tierra, sino su guardián.
Devolverle la prominencia a Tlamacaxco en la señalética, en los textos escolares y en el alma del país es regalarle a las futuras generaciones un espejo limpio y noble donde contemplarse. Es recordar que México es un árbol inmenso y frondoso, cuya belleza radica en la profundidad inquebrantable de sus raíces. Hoy no dividimos el camino: lo integramos con la verdad completa. Y en ese abrazo eterno entre el cielo y los volcanes, Tlamacaxco vuelve a respirar.









