Mientras millones de mexicanos dependen del IMSS para atenderse, la institución decidió apretarse el cinturón.
El problema es que ese “ahorro” no saldrá de oficinas ni de escritorios: puede terminar pegándole directamente a quienes llegan enfermos y necesitan atención.
Las nuevas medidas ordenan limitar los traslados de pacientes, revisar con más filtros la entrega de oxígeno domiciliario y poner más trabas a la compra urgente de medicamentos. En otras palabras, si ya era complicado recibir atención, ahora podría ser todavía más difícil.
¿De verdad aquí era donde había que ahorrar?
La explicación oficial habla de austeridad y de contener el gasto, la cual en el papel suena bien.
El problema aparece cuando los recortes empiezan a tocar ambulancias, medicinas y tratamientos.
Porque una cosa es cuidar el dinero público y otra muy distinta es empezar a escatimar en la salud de la gente. Ahí es donde la austeridad deja de sonar responsable y empieza a sentirse cruel.
Las promesas chocan con la realidad
Durante años, la 4T prometió un sistema de salud de primer nivel. Se habló del mejor sistema público del mundo, del fin del desabasto y de una atención digna para todos.
Hoy, la realidad cuenta otra historia.
Los hospitales no funcionan con discursos, conferencias o promesas repetidas cada semana. Funcionan con médicos, enfermeras, medicamentos, ambulancias, oxígeno y presupuesto.
Quienes toman estas decisiones probablemente nunca tendrán que esperar meses por una consulta o recorrer hospitales buscando un medicamento.
Pero para miles de familias, un traslado oportuno, un tanque de oxígeno o una medicina pueden marcar la diferencia entre salir adelante o complicar una enfermedad.
Y esa es la parte más dura de toda esta historia: cuando el gobierno habla de “contener el gasto”, muchas veces quien termina absorbiendo el costo es el paciente.
Ahí la austeridad deja de ser un eslogan y se convierte en una preocupación real para quienes no tienen otra opción más que acudir al IMSS.







