¿Qué es realmente la igualdad?

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En la oficina ocurrió algo aparentemente sencillo: hacía falta poner un garrafón de agua y, ante la necesidad de moverlo, alguien comentó: “Que lo cargue ella, ¿no querían igualdad?”

La frase puede parecer una broma o incluso una defensa de la igualdad. Pero vale la pena detenernos un momento y preguntarnos: ¿realmente sabemos de qué hablamos cuando hablamos de igualdad?

La igualdad no significa que mujeres y hombres tengan que hacer exactamente las mismas cosas en todo momento. Tampoco significa intercambiar injusticias o utilizar la palabra “igualdad” como argumento para justificar una acción que antes recaía sobre los hombres.

La igualdad significa que todas las personas tenemos los mismos derechos, oportunidades, dignidad y posibilidades de participar, sin que nuestro género determine lo que podemos hacer, lo que debemos hacer o el valor que se nos reconoce.

Entonces, ¿qué pasa con el garrafón?

Si hay que cambiarlo, la pregunta no debería ser si lo carga un hombre o una mujer. Tampoco debería decidirse quién lo hace con base en estereotipos. Lo justo sería establecer una responsabilidad compartida: quien pueda hacerlo en ese momento, o quien tenga asignada esa tarea, se encarga de ella, independientemente de su género.

Porque durante mucho tiempo, muchas tareas se asignaron de manera automática según el sexo de las personas. A los hombres se les relacionó con la fuerza, el trabajo físico y las tareas consideradas “pesadas”; mientras que a las mujeres se les asociaron actividades de cuidado, organización, limpieza o atención.

Hablar de igualdad busca precisamente cuestionar esas ideas preconcebidas.

Pero también es importante entender que igualdad no significa negar las diferencias individuales. No todas las personas tenemos la misma fuerza física, las mismas capacidades o las mismas condiciones. Por eso, tratar a todas las personas exactamente de la misma manera no siempre produce un resultado justo.

La igualdad también implica reconocer esas diferencias y evitar que se conviertan en motivos de discriminación.

En el trabajo, por ejemplo, una persona no debería recibir una tarea, una oportunidad o un reconocimiento simplemente porque es hombre o mujer. Las responsabilidades deben distribuirse con criterios claros, considerando las funciones del puesto, las capacidades, las condiciones y, sobre todo, evitando que los estereotipos de género sean quienes tomen la decisión.

Por eso, la próxima vez que escuchemos: “¿Querían igualdad, no?”, quizá valga la pena responder con otra pregunta: ¿Igualdad para qué?

Porque la igualdad no consiste en decirle a una mujer: “Ahora tú carga el garrafón”. Consiste en construir espacios donde nadie tenga que demostrar su valor, capacidad o derecho a participar por ser hombre o mujer.

La igualdad no es cambiar quién carga el peso. Es dejar de decidir quién debe cargarlo por razón de género. Y quizá ahí está la verdadera diferencia entre repetir la palabra igualdad y realmente comprenderla.

 

DE TOCHO-MOROCHO