“El que respira, aspira”, con esa frase, el director de la Comisión Estatal de Vivienda, Rafael Moreno Valle Buitrón, dejó abierta la puerta a sus intenciones políticas rumbo a 2027 y confirmó su interés por competir por la presidencia municipal de Puebla. No es broma, aunque parezca un chiste.
Y aunque aseguró que está concentrado en su cargo y que próximamente anunciará diversos proyectos, la declaración volvió a encender una crítica que cada vez más poblanos comparten: en la política mexicana ya no importa terminar un trabajo, lo importante es apartar la siguiente silla.
Pero hay un detalle que muchos no pasan por alto: su nombre no destaca precisamente por una larga trayectoria en la administración pública ni por una carrera política consolidada.
¿El plan es gobernar o confiar en el apellido?
La pregunta surge sola. ¿Qué lo respalda para aspirar a gobernar la cuarta ciudad más importante del país?
Porque una cosa es tener aspiraciones y otra muy distinta es tener experiencia, resultados y un proyecto sólido.
Para muchos ciudadanos, la percepción es inevitable: pareciera que algunos creen que un apellido reconocido puede abrir puertas suficientes para brincar directamente a una candidatura.
Puebla no necesita más aspirantes profesionales
Mientras tanto, Puebla sigue acumulando problemas reales. La inseguridad, la movilidad, los baches, el crecimiento desordenado y la falta de vivienda digna siguen esperando soluciones.
Pero la clase política ya está jugando otra partida. Primero llega el cargo, después las entrevistas, luego los guiños electorales y, finalmente, la campaña disfrazada de trabajo institucional.
Porque esa parece ser la nueva regla: ni siquiera terminan de acomodarse en una oficina y ya están viendo cuál ocuparán después.
Mucha ambición, pocos resultados
La ciudadanía ya está cansada de las frases ingeniosas.
Porque de “el que respira, aspira”, México ya está saturado. Lo que hace falta son funcionarios que respiren, trabajen y entreguen resultados.
Hoy sobran los políticos que sueñan con el 2027 y faltan los que se ocupen del 2026.
Y esa es la parte más absurda de todo: mientras los poblanos intentan resolver los problemas de todos los días, algunos personajes ya están ensayando su siguiente campaña.
Porque gobernar Puebla no es un karaoke, ni un casting, ni una herencia familiar. Es una responsabilidad enorme que exige preparación, experiencia y resultados, no solamente ganas de aparecer en la boleta electoral.









