En Morena, el discurso contra el nepotismo cada vez se parece más a una simulación. Mientras el partido presume una lucha frontal contra las herencias políticas y asegura que llegó para acabar con los privilegios de la vieja clase política, hoy le abre la puerta a Félix Salgado Macedonio para competir por la gubernatura de Guerrero en 2027 y sustituir a su propia hija, la gobernadora Evelyn Salgado.
La contradicción es evidente. Durante años, Morena construyó su narrativa criticando a otros partidos por convertir los cargos públicos en negocios familiares, repartirse el poder entre los mismos apellidos y actuar como si los estados fueran propiedades privadas. Hoy replica exactamente esas prácticas.
Porque hay que decirlo como es: si un padre toma el lugar de su hija en el gobierno de un estado, no estamos frente a una renovación política, sino ante una dinastía disfrazada de democracia.
Y lo más indignante es que ni siquiera intentan esconder la contradicción. Mientras millones de mexicanos escuchan discursos sobre transformación, transparencia y combate a los privilegios, las mismas familias siguen encontrando la manera de conservar el poder.
Mucho discurso, pero a la hora de la verdad se hacen de la vista gorda
El problema ya no es solamente Félix Salgado Macedonio. El problema es la enorme incongruencia que exhibe Morena. Porque una cosa es impulsar medidas contra el nepotismo y otra muy distinta es buscar la manera de rodearlas cuando afectan a uno de los personajes más influyentes del movimiento.
Las reglas parecen tener letra chiquita. Funcionan para unos, pero para otros siempre aparece una excepción, una justificación o un argumento conveniente.
Entonces surge la pregunta que Morena no quiere responder: ¿de qué sirvió tanto discurso si al final terminan haciendo lo mismo que prometieron erradicar?
En México, la política parece un asunto hereditario. Los cargos públicos pasan de mano en mano dentro de las mismas familias como si fueran una propiedad privada y no una responsabilidad otorgada por la ciudadanía.
La gente no vota para mantener apellidos en el poder; vota esperando proyectos, resultados y oportunidades en igualdad de condiciones.
Al final, la discusión ya ni siquiera gira en torno a la legalidad, sino a la congruencia. Morena juró acabar con las dinastías políticas, no administrarlas.
La llamada transformación corre el riesgo de convertirse en una copia de la vieja política: los mismos privilegios, las mismas mañas y la misma obsesión por no soltar el poder.
Porque la duda ya no es si Félix Salgado puede competir. Sino más bien, ¿el combate al nepotismo era una convicción o solo un discurso que se abandona cuando el apellido correcto toca la puerta?
Y si las reglas cambian dependiendo de quién seas, entonces no son reglas; son privilegios.









