Paola Migoya
Sayes, McCarthy’s, The Italian Coffee Company, Mi Viejo Pueblito, Mister Tennis, Italpasta, Don Pastor, El Calvario, Peñafiel, La Morena, San Marcos, Gapsa, La Zarza, Chipileta, Farmatodo, Café Colibrí, Pintumex, Chidas, Tamariz, Agua Inmaculada. Veinte nombres que cualquier poblano reconoce de memoria: en el changarro de la esquina, en el súper, en la alacena de su casa. Ninguna nació en un despacho de Silicon Valley ni llegó de la mano de un fondo extranjero. Nacieron aquí, con capital poblano, con familias que arriesgaron su patrimonio, y hoy le dan trabajo a miles de familias poblanas más.
Ahí está la primera lección de este mapa: la economía de un estado no la hacen solamente las grandes armadoras o los corporativos que llegan atraídos por incentivos fiscales. La hacen, en volumen de empleo, las micro, pequeñas y medianas empresas que se fueron construyendo a pulso, generación tras generación.
Sayes y Peñafiel llevan décadas siendo sinónimo de refresco y agua mineral en Puebla, compitiendo de tú a tú contra las transnacionales sin perder su lugar. Gapsa y Pintumex son historia industrial: fábricas que sostienen a su alrededor cadenas enteras de proveeduría local. La Zarza y Chipileta vienen de la repostería y la dulcería tradicional que, con el tiempo, se profesionalizó hasta volverse referencia nacional. Café Colibrí, The Italian Coffee Company o Mi Viejo Pueblito muestran algo que casi nunca reconocemos: que el consumo del día a día, un café, una torta, una tarde de pueblo, también es industria, también genera franquicias y empleo formal.
Y ninguna llegó ahí por casualidad. Detrás hay reinversión de utilidades, créditos difíciles de conseguir, formalización fiscal costosa, competencia contra la informalidad y el contrabando, y crisis que sortearon prácticamente solas, desde devaluaciones hasta la pandemia. Ese ha sido el error de fondo de la política pública en México: celebramos a estas marcas cuando ya triunfaron, pero rara vez les facilitamos el camino cuando más lo necesitaban, que era al principio.
Por qué esto importa para Puebla
Las MyPIMES generan la mayor parte del empleo en México, formal e informal, y Puebla no es distinto. Estas marcas no solo venden productos: mueven flete, empaque, publicidad, distribución, comercio al menudeo. Cuando una de ellas crece, crece con ella todo un ecosistema de proveedores locales. Por eso el fomento empresarial no debería tratarse como una política sectorial más entre muchas, sino como el centro mismo de la estrategia económica de un estado que necesita, con urgencia, dejar de depender de un solo sector como el automotriz.
El error histórico en México ha sido tratar el fomento a MyPIMES como un programa asistencial: microcréditos pequeños, capacitaciones sueltas, una feria comercial de fin de año. Eso funciona como paliativo, no como motor de crecimiento. Lo que de verdad transforma una economía regional es otra cosa: financiamiento accesible y de largo plazo, simplificación regulatoria de verdad, certidumbre jurídica, vinculación con mercados de exportación, y una banca de desarrollo que entienda que apostarle hoy a una MyPIME es crear el empleo bien pagado de mañana.
Lo que otros países ya demostraron
Vale la pena mirar hacia afuera. Corea del Sur construyó su despegue industrial de los años sesenta y setenta con crédito dirigido y tasas preferenciales, canalizado a través de bancos de desarrollo estatales hacia sectores estratégicos, con metas de exportación claras y evaluación real de resultados. El Estado no se limitó a prestar barato: acompañó, exigió y corrigió el rumbo cuando algo no funcionaba.
Alemania sostiene a su Mittelstand, ese tejido de pequeñas y medianas empresas que es columna vertebral de su economía exportadora, con un banco público, el KfW, que da crédito de largo plazo a tasas por debajo de mercado, pensado específicamente para inversión productiva y no para consumo. Singapur combinó planificación estatal de largo aliento, inversión pública en infraestructura y educación técnica, y ventanillas únicas de trámite, para convertir a una isla sin recursos naturales en centro financiero y tecnológico global. Y Chile, con un instrumento como CORFO, mostró que un fondo público bien gestionado, con reglas claras y evaluación técnica de los proyectos que financia, puede detonar sectores completos, de la minería al salmón y ahora a la tecnología.
El patrón se repite en todos los casos: no fue solo dinero barato. Fue dinero barato con planificación y con gestión pública capaz. Sin las tres cosas juntas, el crédito accesible se diluye en proyectos sin rumbo, y la mejor planificación se queda en papel porque las empresas no tienen con qué crecer.
Lo que Puebla puede construir
El Plan Estatal de Desarrollo del Gobernador Alejandro Armenta pone sobre la mesa la justicia económica para todos los sectores productivos del estado. Traducir ese objetivo en resultados exige un instrumento financiero propio, que canalice recursos ya existentes en la estructura de gobierno hacia crédito accesible para MyPIMES poblanas, con reglas claras y metas de empleo formal, en lugar de depender solo de programas federales o de una banca comercial que históricamente le ha cerrado la puerta a la micro y pequeña empresa. Exige también simplificación regulatoria real y no solo discursiva, y una agencia de atracción de inversión que voltee igual de fuerte hacia adentro, hacia el empresario poblano que ya está aquí generando empleo. Y exige planificación con visión de mediano y largo plazo, con indicadores medibles, que le dé continuidad a los programas más allá del ciclo político de tres o seis años.
Marcas como Sayes, Gapsa o La Zarza prueban que el talento empresarial en Puebla ya existe. Lo que falta es que ese talento no tenga que crecer a pesar del sistema, sino con el sistema como aliado. Facilitar el financiamiento, simplificar la vida administrativa de quien emprende y sostener una política de Estado de fomento empresarial más allá de la coyuntura no es gasto: es la inversión más rentable que puede hacer un gobierno. Cada MyPIME que prospera es, al final, un empleo bien pagado y una economía regional menos dependiente de un solo sector.
Puebla ya sabe crear marcas que duran generaciones. Ahora le toca al gobierno construir la política pública que las multiplique.









