Yoselin Rodríguez
Cada fin de semana, salir a comer con la familia suele convertirse en un espacio de convivencia, risas y conversaciones que fortalecen los lazos. Entre platillos, anécdotas y recuerdos, parece que todo transcurre con normalidad, hasta que ciertos temas llegan a la mesa. Entonces, lo cotidiano se transforma en un terreno incómodo, especialmente cuando se habla de feminismo.
Basta mencionar la libertad de las mujeres, la forma en que se visten o la violencia que enfrentan diariamente para que surjan opiniones que reflejan viejas estructuras profundamente normalizadas. De pronto, la conversación gira en torno a cómo “debería” vestir una mujer, qué tan corto es “demasiado corto”, si un escote es “provocativo” o si una minifalda “manda mensajes equivocados”.
Es ahí donde aparece una de las frases más repetidas y peligrosas: “es que los hombres son así”.
Una oración aparentemente simple, pero cargada de justificaciones que históricamente han servido para deslindar responsabilidades. Bajo esa lógica, el problema no sería el acoso, sino la ropa. No sería la violencia, sino la decisión de una mujer de habitar su cuerpo con libertad.
Decir que una mujer “se expone” por usar cierta ropa no solo perpetúa la cultura de la violencia, también coloca sobre ella la responsabilidad de las acciones de otros. Como si la seguridad femenina dependiera de cubrirse lo suficiente y no de educar a quienes agreden.
La realidad es otra: ninguna prenda provoca violencia. Ningún escote invita al acoso. Ninguna falda corta justifica una agresión.
Lo que sí existe es una sociedad que durante años ha enseñado que los hombres no pueden controlar sus impulsos y que las mujeres deben adaptarse a eso. Una narrativa peligrosa que normaliza el machismo y castiga la autonomía femenina.
Hablar de feminismo en la mesa familiar no debería ser incómodo, pero muchas veces lo es porque obliga a cuestionar costumbres, frases heredadas y pensamientos que parecían inofensivos. El problema no está en que una mujer decida cómo vestir, sino en que todavía haya quienes crean que su ropa determina el respeto que merece.
El feminismo no busca imponer una forma de vivir, sino garantizar que cada mujer pueda decidir sobre su cuerpo, su imagen y su libertad sin miedo a ser juzgada, violentada o culpabilizada.
Tal vez la próxima vez que surja esta conversación en la comida familiar, en lugar de preguntar por qué una mujer usa minifalda, habría que preguntarnos por qué seguimos justificando a quienes la acosan.
Porque no, los hombres no “son así”.
Así fueron educados.
Y eso, también, puede cambiar.



