Paola Migoya
El pasado 13 de octubre, el Consejo Coordinador Empresarial celebró sus primeros cincuenta años con una comida a la que asistió la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, acompañada de su gabinete económico. Salí de ahí con una convicción. Pocas veces en la historia reciente la Presidencia y el empresariado habían estado tan cerca de hablar el mismo idioma. Y pocas veces había sido tan evidente que el reto ya no es convencer, sino ejecutar.
Medio siglo de aprender a hablarse
El CCE nació en 1976, en un clima de desconfianza entre el poder público y la iniciativa privada. Su razón de ser fue dar al empresariado una sola voz frente al Estado, bajo cuatro principios que hoy siguen vigentes: democracia, libre empresa, Estado de derecho y unidad. En estas cinco décadas, el Consejo ha estado presente en las grandes concertaciones del país. Participó en los pactos que contuvieron la inflación de los ochenta, en el “cuarto de junto” de las negociaciones comerciales con América del Norte y, más recientemente, en el Paquete Contra la Inflación y la Carestía.
José Medina Mora Icaza, su presidente, ofreció la definición más madura que le he escuchado al organismo: el CCE no es oficialismo ni oposición, es institución. Reconoció que hay diferencias con el gobierno y que se seguirán expresando, pero subrayó un propósito común: que México crezca con seguridad, justicia, paz y bienestar. Sus peticiones fueron claras y legítimas. Pidió reducir el déficit, cuidar el grado de inversión, fortalecer el Estado de derecho y lograr que los anuncios de inversión se conviertan en proyectos, y los proyectos en empleos formales.
La respuesta: cifras, no promesas
La Presidenta no respondió con discursos, sino con números. La inversión pública y mixta en infraestructura alcanzará 8.4 billones de pesos en este sexenio, una cifra sin precedentes. En trenes se invertirán 886 mil millones de pesos para más de 2,500 kilómetros de vías nuevas y rehabilitadas. De ellos, 1,346 kilómetros ya están en construcción y otros 850 están por iniciar, entre ellos Querétaro–San Luis Potosí e Irapuato–Guadalajara. El plan eléctrico suma 794 mil millones de pesos para llevar la generación de 352 a 439 teravatios-hora en 2030.
En los puertos habrá 153 obras con 408 mil millones de pesos. Al agua se destinarán más de 180 mil millones en 35 proyectos estratégicos y de tecnificación, y a los gasoductos, 141 mil millones. La petroquímica y los fertilizantes recibirán 93 mil millones para recuperar capacidad productiva en Veracruz, mientras que Pemex reforzará sus refinerías para sostener 1.8 millones de barriles diarios. Vivienda para el Bienestar llegará a 12 millones de familias.
Lo que más me interesa como analista no es el tamaño de las cifras, sino el diseño. En el sector eléctrico, 55 de los 93 proyectos tienen participación mixta o privada. En los puertos, dos de cada tres pesos provendrán de la inversión privada. Eso es la prosperidad compartida llevada a los hechos. El Estado conduce y garantiza la soberanía, y abre espacio para que el capital privado invierta con reglas claras.
Y hay disciplina. El déficit fiscal bajó de 5.8% del PIB en 2024 a 4.3% en 2025, y se proyecta que llegue a 3.4% en 2030. El PIB creció 1.4% en el segundo trimestre de 2026, el doble del promedio de la OCDE. La Ley de Economía Digital ya está aprobada, y la bancarización puede hacerse de forma totalmente remota. En agosto, además, todos los estados y municipios firmaron el Pacto Nacional que homologa 300 trámites estatales y 100 municipales. Es una respuesta directa, punto por punto, a las preocupaciones del empresariado.
Hubo además un gesto que no debe pasar inadvertido. Entre los invitados estaba el embajador de Estados Unidos, Ronald Johnson, y la Presidenta se refirió a él como un buen aliado de México. En plena revisión del T-MEC, esas palabras tienen un peso que va más allá de la cortesía diplomática. Son un mensaje de confianza a los inversionistas: México apuesta por una América del Norte integrada y competitiva, y lo hace desde el respeto y la colaboración entre socios.
Donde se atoran los proyectos
Quienes hemos trabajado en el diseño de instrumentos de fomento y financiamiento para la empresa, y en la mesa cotidiana con cámaras, clústeres e inversionistas, sabemos dónde se detienen los proyectos. No es en Palacio Nacional. Es en la ventanilla municipal, en el cambio de uso de suelo o en el permiso estatal que nadie firma. Ahí, en ese último kilómetro, una inversión alineada con la visión de la Presidenta puede perder meses o desaparecer.
Pongo un ejemplo cercano. En Puebla, el saneamiento del río Atoyac y las obras en la presa Manuel Ávila Camacho forman parte de la agenda hídrica nacional. Su éxito no dependerá solo de los recursos federales, sino de que estado, municipios y Federación remen en la misma dirección. Lo mismo vale para cada corredor ferroviario, cada polo de desarrollo y cada planta que busque instalarse en el país.
La buena noticia es que hay entidades que ya entendieron que la alineación con la visión presidencial no se decreta, se construye. El gobierno del Gobernador Alejandro Armenta ha apostado por modernizar el marco de desarrollo económico de Puebla, ordenar los instrumentos de fomento y abrir una conversación seria con los organismos empresariales. No es casualidad. Cuando un gobierno estatal se rodea de equipos que conocen tanto la lógica de la inversión como la del proyecto de nación, los proyectos dejan de atorarse.
Salud y soberanía: la oportunidad que no podemos dejar pasar
Hay un sector donde el último kilómetro es todavía más decisivo: la industria de la salud. La producción de medicamentos, dispositivos y componentes médicos, la investigación clínica y, sobre todo, la fabricación de ingredientes farmacéuticos activos (APIs) son hoy un asunto de seguridad nacional. La pandemia nos enseñó lo que significa depender de cadenas de suministro lejanas. El Plan México lo reconoce al colocar al sector farmacéutico entre sus prioridades estratégicas.
Puebla tiene todo para encabezar esta apuesta, no solo en la región, sino a escala mundial. Cuenta con tradición industrial, universidades e institutos de investigación de primer nivel, talento técnico formado en la manufactura avanzada y una ubicación privilegiada entre el centro del país, el Golfo y los nuevos corredores logísticos. Le falta convertir esas ventajas en una plataforma que el inversionista pueda ver, medir y elegir. Una planta de APIs o un centro de investigación clínica no esperan: si los permisos tardan, la inversión se va a otro país.
Cinco propuestas para que la visión llegue al territorio
- Una ventanilla única estatal alineada con los decretos presidenciales. Cada estado debería contar con una sola puerta de entrada para la inversión, con atribuciones reales para coordinar permisos estatales y municipales, plazos de respuesta obligatorios y seguimiento digital. Sería el espejo local de los instrumentos federales de facilitación. Sin ella, los decretos se quedan en el Diario Oficial y no llegan a la obra.
- Priorizar los sectores estratégicos. Los proyectos de medicamentos, componentes médicos, investigación clínica y APIs deben tener una vía rápida en cada estado, con acompañamiento técnico desde el primer día. Es ahí donde la alineación entre la Federación y los estados puede generar empleos de alto valor y reducir la dependencia del exterior.
- Armonizar los marcos estatales. Los decretos y lineamientos federales que facilitan la inversión deben traducirse en reformas a las leyes estatales de desarrollo económico, mejora regulatoria y desarrollo urbano. Sin ese respaldo legal, cada relevo municipal reabre lo que ya se había acordado.
- Hacer vinculante el Catálogo Único de Trámites. El Pacto Nacional de agosto es un gran punto de partida. El siguiente paso es que los congresos locales lo eleven a ley, con plazos de respuesta obligatorios.
- Dar certeza que trascienda los ciclos políticos. Los proyectos estratégicos maduran en décadas, no en trienios. Necesitan convenios entre la Federación, los estados y los municipios, con una autoridad responsable, tiempos de resolución públicos y reglas locales estables.
Un reconocimiento justo
Es de justicia reconocer a la Presidenta Claudia Sheinbaum. Ha sabido escuchar sin renunciar a sus convicciones, y ha abierto las puertas al sector productivo con una claridad que hacía mucho no veíamos. Además, ha asumido con responsabilidad la tarea de ordenar las finanzas públicas sin prometer lo que no puede cumplir. También merece reconocimiento Marcelo Ebrard, quien desde la Secretaría de Economía ha sido el operador incansable del Plan México y de la defensa de nuestra relación comercial con América del Norte. Ha tendido puentes con el empresariado en el momento en que más se necesitaban.
Una reflexión final, dicha con el cariño de quien cree en este proyecto. La transformación ha sido muy eficaz para convencer y para movilizar. Su siguiente etapa exige algo distinto: ejecutar con precisión. Y para eso necesita, cada vez más, perfiles que hablen con soltura los dos idiomas. El de la justicia social y el del flujo de caja. El de la asamblea comunitaria y el del comité de inversiones. El de la convicción y el del expediente técnico.
No se trata de tecnócratas ajenos al movimiento ni de militantes ajenos a la técnica. Se trata de personas que entienden el proyecto, conocen cómo se toman las decisiones de inversión y saben dónde se atoran las cosas en el territorio. Son ellas quienes pueden llevar la visión de la Presidenta al lenguaje del inversionista, y traer de vuelta, con lealtad y sin estridencias, lo que hace falta para que esa visión se cumpla. Es una tarea silenciosa, de articulación y de confianza. Es también la tarea a la que he dedicado mi trabajo, en la mesa con empresarios y en la construcción de política pública desde lo local.
Los gobiernos que lo entiendan, en la Federación y en los estados, llegarán más lejos. Quienes creemos que el humanismo mexicano y la prosperidad compartida no son consignas, sino un programa de gobierno que merece ejecutarse bien, estamos listos para sumar.
Cincuenta años después, el diálogo ya existe. Ahora toca llevarlo a cada rincón del país. Ahí estaremos.









