Lo que ocurrió en la Zona Rosa ya no cabe en la categoría de “riña entre comerciantes”. Tampoco fue un simple altercado. Fue una escena que deja una pregunta muy incómoda: ¿quién gobierna realmente ciertas zonas de la Ciudad de México?
La alcaldesa de Cuauhtémoc, Alessandra Rojo de la Vega, acudió junto con su equipo a un operativo de ordenamiento en la colonia Juárez y terminó siendo agredida por un grupo de personas que utilizó palos y diversos objetos para atacar a los funcionarios y policías presentes.

El saldo fue de siete policías auxiliares lesionados.
Además, la alcaldesa acusó a personas vinculadas a la diputada local Diana Sánchez Barrios de participar en la agresión y denunció que ni la jefa de Gobierno, Clara Brugada, ni su gabinete respondieron a la situación.
Y, por si faltaba algo, elementos de la Secretaría de Seguridad Ciudadana habrían reportado el hecho como una simple riña.
La realidad superó a la ficción
Porque una cosa es el ambulantaje y otra muy distinta es que parezca existir un manual no escrito donde la autoridad solo puede entrar a ciertos lugares si alguien más le da permiso.
La imagen es absurda: una alcaldesa, policías y un operativo oficial siendo repelidos como si estuvieran invadiendo un territorio ajeno.
¿El mensaje? Bastante preocupante.
Porque cuando grupos de presión pueden enfrentar a la autoridad en plena vía pública, la discusión deja de ser sobre puestos ambulantes y empieza a parecer una disputa por el control del espacio público.
La calle no puede tener patrones
La Ciudad de México no puede funcionar bajo la lógica de “aquí mando yo y la ley entra cuando me conviene”.
Porque eso ya no es comercio informal. Eso ya es un poder paralelo que desafía abiertamente a las instituciones.
Y si la respuesta oficial es minimizar los hechos o quedarse en silencio, el problema se vuelve todavía más grande.
El verdadero peligro no son los puestos; es la impunidad
Lo más alarmante es la normalización. México se está acostumbrando a ver escenas que deberían provocar una crisis política inmediata.
Una alcaldesa agredida, policías lesionados y autoridades ausentes. Y, aun así, pareciera que para algunos fue un día cualquiera.
Porque cuando la autoridad necesita permiso para ejercer la autoridad, alguien más ya está gobernando.
Y eso, además de indignante, es profundamente ridículo.
Ahora la pregunta ya no es quién organizó la agresión; la pregunta es mucho más grave, ¿quién dejó que las cosas llegaran a este nivel?









