Alberto Jiménez Merino
La muerte no es el final, sino una continuación y una transformación de la vida: el río no desaparece al entrar en el océano, sino que se integra en una totalidad mayor. Así como la semilla sueña con la primavera debajo de la nieve, la muerte es solo un cambio de estado en el viaje del espíritu. La muerte es la continuidad de la vida (Jalil Gibrán). Es de forma inevitable aún, el cierre de un ciclo biológico.
El primero de noviembre está dedicado a todos los santos, conocidos y anónimos, que ya están en el cielo. Y el día dos, se dedica a todos los fieles difuntos que necesitan oración. En México, los recordamos poniendo una ofrenda con flores, cosas y alimentos que más les gustaban.
También vamos a sus tumbas a visitarlos y rezar oraciones, recordando pasajes destacados en su vida y honrando su memoria, buscando hacerlo con el mayor honor, alegría y devoción. Nuestros difuntos estarán con nosotros mientras su recuerdo perdure.
En esta ocasión, quiero recordar con afecto y cariño a personas cercanas que influyeron y, con ello, cambiaron el curso de mi vida y mi destino. Son fieles difuntos que viven en mi mente, que recuerdo con cariño, afecto y reconocimiento. Su intervención impulsó mi formación como individuo, como profesionista y mi desempeño en el servicio a los demás.
Evodio Merino Gil y Lidia Córdova Muñiz, mis abuelos maternos, pilares visibles de nuestra familia, guiando con cariño, firmeza y carácter el desarrollo de sus integrantes. De mi abuelo tomé la determinación y el espíritu de aventura. Fue el primer trabajador migrante de nuestra familia, bracero en California en 1946. De mi abuela, la bondad, la solidaridad, el servicio y el respeto a los demás. Ahí empezó la búsqueda y encuentro del privilegio de servir, base fundamental de la felicidad personal.
Austreberto Rosas Guerrero. Fue mi maestro de quinto año de primaria en Tecomatlán, Puebla. En términos futbolísticos fue mi descubridor, quien le dijo a mis padres que me siguieran apoyando para estudiar, que no me fuera a quedar en el pueblo. Una tarde de abril de 1971, estando yo presente, destacó mi gusto por la escuela, la puntualidad antes que él y mi dedicación al estudio. Nunca pude pagar todo lo que hizo por mí.
Jesús Zavaleta. Nunca lo conocí, no supe de dónde era, fue quien ayudó y orientó a mi papá en la gestión para poder llegar al internado indígena José Amarillas, en Tlaxcala, Tlaxcala, en donde cursé el sexto año de primaria. Fue quien me cortó la rama para empezar a volar: un proceso necesario, indispensable y recomendable para cualquiera en la construcción de su destino.
Miguel Jiménez Véliz, mi padre. Nació en Tecomatlán, en 1935. Mucho de lo que soy, lo debo a él. Me enseñó a trabajar, a respetar, a servir, la honestidad, a tener fe y esperanza; a encontrar soluciones y a hacer el mayor bien posible.
Sembraba de temporal y riego. Utilizó la noria mixteca, una especie de rueda de la fortuna movida por la corriente del río mixteco para subir el agua en cantaros hacia un sistema de canoas y canales que la llevaban a las parcelas. Después, en 1966 llegaron las motobombas para el río y para los pozos. Se olvidaron las norias.
Miguel Jiménez Veliz fue también el primer sembrador de praderas en la Mixteca Poblana. En 1991, en el predio Palo Blanco, de Miguel Yzita Méndez, se sembraron por primera vez en la historia ganadera de la Mixteca las primeras 5 hectáreas de pasto Buffel y 2 de pasto Llanero. Así nació el Programa Bordos, pasto y ganado, praderas y represas que, durante el gobierno de Manuel Bartlett (1993-1999), se sembraron más de 10 mil hectáreas y se realizaron mil 200 obras de captación de agua, lo que permitió alargar el periodo de ordeña de las vacas, de noviembre a febrero, más crías y más carne, más fauna silvestre, así como la recarga de acuíferos regionales.
Amado Martínez Martínez. Fue un gran productor de café, originario de Hueytamalco, Puebla. Es el primer sembrador comercial de bambú en nuestro estado. Impulsó la industrialización de este importante recurso forestal cultivado en la Sierra Nororiente de Puebla desde el año 2000.
Carlos Manuel Castaños Martínez, como rector de la Universidad Autónoma Chapingo (UACH), ya que en 1989 me apoyó para asistir como ponente, al XVI Congreso Internacional de Pastizales en Niza, Francia, y a la Segunda Reunión de Investigadores en Semillas Forrajeras, en Corvallis, Oregon, Estado Unidos. Firmó el Convenio UACH-FIRA Banco de México, para impulsar la investigación en producción de semillas forrajeras, y me apoyó para la publicación de mi primer libro La Producción de Forrajes en México.
Placido Flores Pacheco. Productor de mezcal de Santa María Xoyatla, Tepeojuma, Puebla. Fue quien encabezó la primera gira de intercambio tecnológico sobre agave, al frente de 40 productores poblanos, a los Valles Centrales de Oaxaca, en el año 2000, punto de partida del desarrollo del mezcal poblano.
Melquiades Sánchez Millán. Originario de Atlequizayán, Puebla; campesino, productor de café, que demostró el potencial productivo de este cultivo hasta 140 quintales (costales de 58 kg) por hectárea, con 5 prácticas agroecológicas: retención de agua en cultivo, adición de materia orgánica, poda, control de plagas y aumento de densidad de plantación hasta 5 mil plantas por hectárea, utilizando la variedad Costa Rica directo al sol.
Rafael Guillaumin Fentanes. Fue un gran promotor del cultivo del bambú en Huatusco, Veracruz, y recibió en 2003 a 40 productores poblanos de diversos municipios en una gira de intercambio tecnológico, que permitió avanzar más rápido en la adopción de esta opción productiva en más de 150 municipios poblanos.
¡Honor y Gloria a la memoria de nuestros fieles difuntos!









