En este Mes de la Concientización sobre la Violencia Doméstica, recordemos que una de las preguntas que debemos dejar atrás es: “¿Por qué no se va?” Aunque pueda parecer una pregunta sencilla, parte de una idea equivocada: que permanecer en una relación violenta es una decisión fácil de cambiar. La realidad es mucho más compleja. La violencia doméstica no se limita a las agresiones físicas. También puede manifestarse mediante violencia psicológica, sexual y económica, amenazas, intimidación, aislamiento y distintas formas de control.
¿Por qué puede ser tan difícil salir?
Una persona que vive violencia puede experimentar miedo constante. Puede temer que las agresiones aumenten si intenta terminar la relación, perder su vivienda o sus ingresos, quedarse sin una red de apoyo, enfrentar amenazas contra sus hijas e hijos o ser juzgada por su familia y su comunidad. Además, la violencia puede afectar progresivamente la autoestima y la confianza en las propias capacidades. El aislamiento y el control pueden hacer que la persona sienta que tiene cada vez menos alternativas. Por eso, permanecer no significa aceptar la violencia ni querer vivirla. Muchas veces significa intentar sobrevivir dentro de una situación que ha reducido sus posibilidades de actuar.
Comprender el trauma
El trauma provocado por experiencias de violencia puede dejar consecuencias emocionales y psicológicas. Miedo, ansiedad, depresión, dificultades para dormir, sensación constante de peligro o recuerdos relacionados con las agresiones pueden formar parte de sus efectos. Por eso, salir de una relación violenta no siempre es un proceso inmediato. Recuperar la seguridad, la autonomía y la confianza puede requerir tiempo, acompañamiento y una red de apoyo.
Cambiemos la pregunta
En lugar de preguntar: “¿Por qué no se va?”
Podemos comenzar a preguntar:
¿Qué necesita para estar segura?
¿Tiene una red de apoyo?
¿Cuenta con recursos económicos?
¿Sabe a dónde puede acudir?
¿Cómo podemos acompañarla sin juzgarla?
Si conocemos a alguien que vive violencia, decirle simplemente “déjalo” o “¿por qué sigues ahí?” puede aumentar su sensación de aislamiento. Escuchar sin juzgar, creer en su experiencia, respetar sus decisiones y ayudarle a identificar opciones seguras puede ser mucho más útil. La violencia nunca es responsabilidad de quien la vive. La responsabilidad es de quien la ejerce.
En este Mes de la Concientización sobre la Violencia Doméstica, hagamos un cambio también en nuestra manera de hablar sobre ella. Dejemos de culpar a quienes enfrentan violencia y comencemos a construir redes que les permitan recuperar su seguridad, su autonomía y su vida.









