En el Día del Padre, vale la pena preguntarnos: ¿queremos hombres que tengan hijos o hombres que quieran ser padres?

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Yoselin Rodríguez

Cada tercer domingo de junio, en México celebramos el Día del Padre. Es una fecha en la que abundan las fotografías familiares, los regalos, las comidas y los mensajes de agradecimiento. Sin embargo, también es una oportunidad para reflexionar sobre lo que realmente significa ser padre.

Hay una frase que siempre vuelve a mi cabeza cuando alguien me pregunta si quiero tener hijos: “No busco un hombre que quiera hijos, busco un hombre que quiera ser padre.” Y aunque parece un simple juego de palabras, en realidad habla de dos formas completamente distintas de entender la paternidad.

Porque querer hijos puede responder a muchos deseos: formar una familia, cumplir una expectativa social, continuar un apellido o simplemente imaginar una vida con niños. Pero querer ser padre implica asumir una responsabilidad que va mucho más allá del nacimiento.

Ser padre significa estar presente. No solo económicamente, sino también emocionalmente. Es cambiar pañales, desvelarse, acudir a reuniones escolares, aprender a peinar, escuchar miedos, acompañar enfermedades, celebrar logros y sostener fracasos. Es construir un vínculo todos los días, incluso cuando hay cansancio, problemas o la rutina pesa.

Durante muchos años se normalizó que los hombres “ayudaran” en la crianza, como si cuidar a sus propios hijos e hijas fuera un favor y no una responsabilidad compartida. Mientras tanto, las mujeres asumieron la mayor parte del trabajo invisible: recordar citas médicas, organizar horarios, atender las necesidades emocionales y estar disponibles prácticamente las 24 horas del día.

Afortunadamente, también estamos viendo una nueva generación de padres que rompe con esos estereotipos. Hombres que entienden que la crianza no les resta masculinidad, sino que fortalece los vínculos con sus hijos e hijas. Padres que cambian pañales, cocinan, acompañan tareas, expresan afecto y participan activamente en la vida cotidiana. Esa también es una forma de transformar la sociedad.

Por eso hoy muchas mujeres ya no preguntan únicamente si un hombre quiere tener hijos. Se preguntan cómo entiende la paternidad. Si está dispuesto a compartir las responsabilidades desde el primer día. Si será un compañero en la crianza o simplemente alguien que aparezca para los momentos agradables mientras la carga cotidiana recae sobre otra persona.

La diferencia importa porque la infancia también se construye con la presencia. Los hijos e hijas necesitan personas adultas que estén disponibles, que escuchen, que acompañen y que eduquen con afecto. No basta con aparecer en un acta de nacimiento; la verdadera paternidad se demuestra en las acciones de todos los días.

Y también importa para las mujeres. Elegir con quién formar una familia no debería significar elegir a alguien que “ayude” de vez en cuando, sino a una persona que entienda que criar es un proyecto compartido, donde el compromiso no tiene horarios ni géneros.

Este Día del Padre quizá el mejor homenaje no sea un regalo o una felicitación en redes sociales, sino reconocer y valorar a quienes ejercen una paternidad responsable, amorosa y presente. Y, al mismo tiempo, abrir la conversación sobre la importancia de que la paternidad deje de verse como un rol secundario y se convierta en un compromiso cotidiano.

Porque al final, cualquiera puede convertirse en padre biológico. Pero ser un verdadero papá es una decisión que se toma todos los días, con tiempo, con cuidado, con afecto y con la voluntad de estar presente.

DE TOCHO-MOROCHO