Hay algo especial en el Día de Muertos. La ciudad se transforma: las calles se llenan de colores, flores de cempasúchil, papel picado, catrinas, música y ese frío tan particular que parece anunciar que noviembre está por llegar. Hay actividades por todos lados, desfiles, ofrendas y personas que salen a las calles para celebrar una de las tradiciones más bonitas que tenemos en México.
Este año me encontraba disfrutando de uno de esos desfiles cuando, entre la música y el ambiente festivo, alguien gritó: “¡Abajo la gentrificación!”. Me quedé pensando. No porque la consigna no tuviera lugar, ni porque la libertad de expresión deba limitarse (al contrario, es necesaria y tiene que existir en todos los espacios), sino porque me hizo reflexionar sobre algo que parece estar pasando con nuestras propias tradiciones.
El Día de Muertos se ha convertido en un fenómeno que va mucho más allá de nuestras fronteras. Y aunque debería llenarnos de orgullo que una celebración tan nuestra sea reconocida en otras partes del mundo, también hay algo que comienza a sentirse extraño: pareciera que, poco a poco, hemos dejado de vivirla como algo personal.
Desde que Disney estrenó Coco, aquella película tan bonita que nos hizo llorar, reír y recordar a quienes ya no están, el Día de Muertos tomó una dimensión internacional. El mundo volteó a ver nuestras ofrendas, nuestras flores, nuestras calaveritas y esa manera tan particular que tenemos de entender la muerte. De pronto, todos querían conocer la tradición, visitar México durante estas fechas y tomarse una fotografía entre los altares y las catrinas.
Y qué bonito que suceda. El problema no es que otras culturas se interesen por nuestras costumbres, las conozcan o incluso encuentren inspiración en ellas. El problema aparece cuando una tradición comienza a convertirse en un producto, cuando su significado queda detrás de la fotografía, del espectáculo y, sobre todo, del negocio.
Porque ahora todo parece tener un precio. Los espacios se llenan de actividades turísticas, los lugares tradicionales se convierten en escenarios para visitantes y los precios suben aprovechando la temporada. Desde los adornos hasta la comida, todo parece formar parte de una industria que encontró en nuestras tradiciones una oportunidad comercial.
Y entonces llega la pregunta que parece exagerada, pero no lo es tanto: ¿desde cuándo una hojaldra cuesta 20 pesos? ¿Qué pasó? ¿Ahora mis muertos tampoco pueden comer pan?
Puede sonar a broma, pero detrás de ese comentario hay algo que vale la pena cuestionar. El Día de Muertos no debería convertirse en una celebración a la que solo puedan acceder quienes están dispuestos a pagar precios cada vez más elevados. No se trata de estar en contra del turismo, ni de cerrar las puertas a quienes quieren conocer nuestras tradiciones, sino de preguntarnos qué estamos haciendo para conservar su esencia y evitar que todo termine convertido en mercancía.
También es curioso cómo una fecha que nació desde la intimidad familiar, desde el recuerdo de quienes ya no están, hoy puede sentirse como un gran espectáculo. Antes, para muchos, el centro de la celebración estaba en casa: preparar los alimentos que le gustaban a nuestros difuntos, colocar sus fotografías, comprar flores, poner una veladora y esperar simbólicamente su regreso. Hoy también hay desfiles, festivales, recorridos y escenarios que, aunque forman parte de la celebración, parecen ocupar cada vez más espacio.
Quizá no se trata de regresar al pasado ni de pretender que las tradiciones permanezcan intactas. Las culturas cambian, se transforman y se comparten. Pero tampoco deberíamos perder de vista de dónde vienen y por qué existen.
Me gusta ver las calles llenas, las catrinas, los colores y a las personas disfrutando de estas fechas. Me gusta que el mundo conozca lo que significa recordar a nuestros muertos. Pero también quiero poder comprar mi pan de muerto sin sentir que estoy pagando un precio turístico, caminar por mi ciudad sin que todo parezca diseñado para el visitante y, sobre todo, seguir sintiendo que esta celebración nos pertenece.
Porque al final, entre tanta fotografía, desfile, consigna y negocio, no debemos olvidar lo más importante: el Día de Muertos no nació para venderse, nació para recordar.
Y si algo no debería encarecerse nunca es la posibilidad de mantener viva nuestra memoria.









