El diputado federal del PRI, Carlos Eduardo Gutiérrez Mancilla, se le fue encima a Jorge Álvarez Máynez, dirigente nacional de Movimiento Ciudadano, a quien llamó “asesino” por la crisis del agua contaminada en Jalisco.
Y como si los insultos no fueran suficientes, los priistas llevaron agua sucia hasta las oficinas de la bancada naranja para embarrar el pleito en el emblema de MC.
Sí, en lugar de presentar soluciones, exigir resultados o explicar qué demonios se está haciendo para que la gente tenga agua limpia, los legisladores decidieron jugar a ver quién hacía más circo.
Una botella de agua sucia, un puñado de insultos y listo: la política mexicana en su máxima expresión.
Porque, al parecer, para defender a la ciudadanía también hay que aventar porquería y repartir acusaciones como si fueran volantes.
Máynez, por su parte, acusó a los priistas de montar un espectáculo y cuestionó que acudieran a provocar a las oficinas de MC en vez de contribuir a resolver el problema.
Lo verdaderamente grotesco es que el agua sucia no es un accesorio para hacer videos ni un arma para humillar al adversario.
Es el reclamo de familias que denuncian problemas con el suministro y exigen saber qué están consumiendo, mientras los partidos se disputan el protagonismo frente a las cámaras.
Porque para gritar, insultar y hacerse los indignados, los políticos salen buenos. Para ponerse a trabajar sin convertir cada tragedia en una oportunidad de golpear al rival, no tanto.
En Jalisco falta certeza sobre la calidad del agua; en San Lázaro, al parecer, lo que sobra es agua para echarse encima y saliva para escupirse acusaciones.
Al final, los ciudadanos siguen esperando agua limpia y los políticos siguen empeñados en demostrar quién puede ensuciar más el escenario.








