Marcos Castro subió a tribuna y presumió números como quien enseña boleta de calificaciones sin que nadie le haya preguntado.
En seis meses al frente de la Mesa Directiva del Congreso, del 16 de marzo al 14 de septiembre, contabilizó 35 sesiones y el trámite de mil 117 asuntos legislativos.
De esas 35 sesiones, 18 fueron de la Comisión Permanente, es decir, más de la mitad corresponden a las reuniones exprés que se hacen durante los recesos, cuando el Pleno completo ni siquiera sesiona. Solo 11 fueron ordinarias, cinco extraordinarias y una solemne.
Repartido entre seis meses, el Congreso trabajó en pleno poco más de una vez por semana, y aun así lo llaman “intensa actividad parlamentaria”.
El otro truco está en el conteo de los mil 117 asuntos. Ahí metieron 639 iniciativas, 282 puntos de acuerdo y 196 oficios y comunicaciones, como si firmar un oficio pesara lo mismo que aprobar una ley.
Los puntos de acuerdo, son básicamente exhortos y buenos deseos sin fuerza vinculante: se puede acumular una buena pila de ellos sin que cambie absolutamente nada en la vida de nadie.
Y de las 639 iniciativas presentadas, Castro no dijo cuántas terminaron convertidas en ley, que es justo el dato que de verdad mediría si hubo trabajo legislativo o solo papeleo con fecha de entrada.
El diputado remató hablando de gobernabilidad, pluralidad y sesiones fluidas, el combo de adjetivos que se usa cuando no hay mucho más que presumir.
Al final, el informe deja la misma sensación de siempre en el Congreso poblano: se mueve mucho papel, se llenan muchas actas, y entre tanto trámite, la pregunta de cuánto de eso realmente le sirvió a Puebla sigue sin respuesta.






