Yoselin Rodríguez
Hay crímenes que no pueden reducirse a una cifra, a un expediente o a la palabra “asalto”. Hay historias que obligan a mirar de frente las violencias que persisten y que, muchas veces, permanecen invisibles hasta que terminan arrebatando una vida.
La noche del pasado 4 de agosto, doña Dominga Pérez salió a las calles de San Salvador Chachapa, en Amozoc, Puebla. Tenía 82 años y caminaba apoyándose en su bastón mientras cargaba la canasta con la que diariamente vendía cemitas para ganarse la vida.
Aquella noche tenía un significado especial: doña Dominga cumplía 83 años. Sin saberlo, sería su última jornada.
De acuerdo con la información difundida sobre el caso, cámaras de seguridad captaron el momento en que un hombre la habría acechado mientras caminaba por un camino de terracería. Doña Dominga entregó los únicos 90 pesos que llevaba producto de su venta. Pero el dinero no fue suficiente para detener la violencia.
El ataque continuó y, con una brutalidad que resulta difícil de dimensionar, la mujer fue golpeada con piedras en la cabeza hasta perder la vida. Una mujer de 83 años. Un bastón. Una canasta de cemitas. 90 pesos.
Eso era todo lo que llevaba consigo. Y, aun así, alguien decidió arrebatarle la vida.
No reducirlo a un robo
El caso de doña Dominga actualmente es investigado bajo el protocolo de feminicidio por la Fiscalía Especializada en Investigación de Delitos de Violencia de Género contra las Mujeres.
Y esta determinación es importante porque nombrar correctamente la violencia también importa.
No se trata únicamente de preguntarnos cuánto dinero llevaba la víctima o si el objetivo inicial era robarla. También debemos preguntarnos por qué la violencia llegó a ese nivel de crueldad y qué circunstancias permitieron que una mujer adulta mayor, en una situación de extrema vulnerabilidad, terminara siendo asesinada.
La investigación deberá determinar las circunstancias, responsabilidades y motivaciones del crimen. Pero mientras eso ocurre, la sociedad tiene una tarea que no puede esperar: dejar de normalizar la violencia contra las mujeres, especialmente cuando se trata de quienes enfrentan múltiples condiciones de vulnerabilidad. Porque doña Dominga no solamente era una mujer. Era una adulta mayor. Era una trabajadora informal. Era una mujer que, pese a su edad, seguía saliendo a trabajar para obtener un ingreso.
Y esa combinación de factores la colocaba frente a una realidad que miles de personas mayores viven todos los días.
Envejecer no debería significar quedar a la deriva
La historia de doña Dominga también pone sobre la mesa una discusión mucho más amplia: ¿qué sucede con las personas adultas mayores que tienen que continuar trabajando para sobrevivir?
Salir a vender, caminar por las calles, trasladarse con mercancía y regresar a casa después de una jornada laboral debería ser una actividad cotidiana, no una sentencia de riesgo.
Sin embargo, para muchas personas mayores, particularmente mujeres, la falta de ingresos suficientes y las condiciones de precariedad laboral hacen que continuar trabajando no sea una elección, sino una necesidad. A ello se suma la inseguridad.
La vulnerabilidad no aparece únicamente por la edad. Se multiplica cuando se cruzan distintas condiciones: ser mujer, ser adulta mayor y trabajar en la informalidad puede significar enfrentar mayores posibilidades de sufrir violencia, abuso, discriminación y abandono institucional.
Por eso, el asesinato de doña Dominga no debería provocar únicamente indignación momentánea. También debería llevarnos a cuestionar qué estamos haciendo como sociedad para proteger a quienes se encuentran en condiciones de mayor vulnerabilidad.
Una vida no puede valer 90 pesos
Quizá una de las imágenes más dolorosas de este caso sea pensar que doña Dominga entregó los 90 pesos que había conseguido trabajando. Noventa pesos.
El dinero podía ser robado. Podía recuperarse. Podía perderse. La vida de una mujer, en cambio, no puede restituirse.
Por eso este caso debe recordarnos que detrás de cada noticia sobre violencia existe una persona con una historia, una familia, sueños, preocupaciones y años de vida que no pueden reducirse a las circunstancias de su muerte.
Doña Dominga salió a trabajar el día de su cumpleaños. No salió a enfrentarse a la violencia. No salió a convertirse en una estadística. Salió, como lo había hecho tantas veces, a ganarse la vida. Y no regresó.
Hoy corresponde a las autoridades investigar con perspectiva de género, esclarecer los hechos y garantizar justicia. Pero también corresponde a la sociedad mirar más allá del crimen y preguntarse qué condiciones estamos permitiendo que persistan.
Porque cuando una mujer adulta mayor tiene que salir a las calles para conseguir el sustento diario y termina asesinada con una violencia extrema, no estamos frente a un hecho aislado. Estamos frente a una realidad que exige respuestas.
El caso de doña Dominga debe investigarse, debe esclarecerse y debe nombrarse.
No fue simplemente un asalto. Fue la muerte violenta de una mujer cuya vida merecía ser protegida. Y si la investigación confirma que se trató de un feminicidio, su nombre debe permanecer como un recordatorio de que ninguna mujer, sin importar su edad o condición, debería convertirse en una víctima más de la violencia.









