Yoselin Rodríguez
Me encontraba aburrida, divagando entre las plataformas de streaming, hasta que un título llamó mi atención: El Polígamo. Debo admitir que el primer capítulo atrapó por completo mi interés. Advertencia: este artículo contiene algunos spoilers.
La historia gira en torno a Jonasi Gomora, un hombre exitoso, con un matrimonio de más de veinte años y una imagen de esposo ejemplar. Sin embargo, detrás de esa fachada mantenía una relación extramarital que terminó convirtiéndose en un segundo matrimonio, justificando su decisión en una práctica aceptada por su cultura: la poligamia. Su primera esposa, Joyce, acepta la situación, no porque esté de acuerdo, sino por miedo a perder la vida que había construido, el estatus social y al hombre con quien compartió gran parte de su historia.
Lo que más impacta de la serie no es la existencia de la poligamia, sino las profundas heridas emocionales que deja en cada una de las mujeres involucradas. Joyce vive un duelo silencioso. Tiene que aprender a compartir no solo el tiempo de su esposo, sino también el afecto, la atención y el reconocimiento que durante años creyó exclusivos. Su dolor es constante, aunque intente disfrazarlo de fortaleza.
Pero la historia no termina ahí. La segunda esposa tampoco encuentra el cuento de hadas que imaginó. Después de ser “la elegida”, descubre que formar parte de un matrimonio polígamo implica competir por un lugar, buscar aprobación constante y vivir bajo reglas que ella no estableció. La ilusión de ser la prioridad desaparece cuando comprende que el amor también tiene horarios, turnos y condiciones.
Y cuando llegan nuevas esposas, el ciclo se repite. Cada una entra pensando que ocupará un lugar especial, pero termina enfrentándose a los mismos sentimientos: inseguridad, celos, comparación, culpa y soledad. Ninguna escapa de la incertidumbre de preguntarse si mañana llegará otra mujer que ocupe el espacio que tanto esfuerzo le costó ganar. La serie retrata cómo, detrás de cada incorporación a la familia, hay una mujer que debe reconstruirse mientras otra intenta encontrar su lugar.
Sin embargo, uno de los aspectos más interesantes de la producción es que, pese a la tensión y los conflictos, también muestra destellos de sororidad. En varios momentos, las esposas dejan de verse únicamente como rivales y comprenden que ninguna es realmente la responsable del dolor de la otra. Poco a poco descubren que comparten las mismas heridas, los mismos miedos y las mismas renuncias. Esa empatía les permite acompañarse, apoyarse e incluso cuestionar las decisiones de Jonasi. Es un recordatorio de que la verdadera competencia nunca debió existir entre ellas, sino que fue consecuencia de un sistema que las colocó en esa posición.
Más allá de juzgar una práctica cultural, El Polígamo invita a reflexionar sobre algo universal: ninguna relación debería sostenerse sobre la renuncia al bienestar emocional de una persona. Cuando el miedo a quedarse sola, la dependencia
económica o la presión social pesan más que la propia felicidad, las decisiones dejan de ser completamente libres.
Al final, la serie deja una pregunta incómoda: ¿cuántas veces las mujeres aceptan situaciones que las lastiman para conservar una vida que, en realidad, ya dejó de hacerlas felices? Porque, independientemente del tipo de relación, el amor no debería medirse por la capacidad de soportar el dolor, sino por la posibilidad de sentirse valorada, respetada y elegida sin condiciones.
El Polígamo, Netflix, 22 capítulos, Contenido exclusivo para personas adultas









