Mtro.Gerardo Galicia
Cada cuatro años ocurre el mismo fenómeno. Las calles se pintan de verde, blanco y rojo, las oficinas hacen pausas para ver los partidos, los restaurantes llenan sus pantallas y las redes sociales cambian la discusión política por alineaciones, goles y pronósticos.
El fútbol vuelve a convertirse en el idioma común de millones de mexicanos.
Pero junto con la euforia aparece una pregunta que divide opiniones desde hace décadas: ¿el Mundial es una celebración deportiva o también funciona como un distractor de los problemas nacionales?
Los números ayudan a entender la dimensión del fenómeno.
De acuerdo con datos recientes difundidos por la FIFA, el partido inaugural de México rompió récords históricos de audiencia en el país, con un promedio de 23.4 millones de televidentes, mientras que el segundo encuentro de la Selección Mexicana volvió a superar esa marca al alcanzar 25.5 millones de espectadores, convirtiéndose en la transmisión mundialista más vista en México en lo que va del siglo XXI. Además, cerca de tres de cada cuatro personas que estaban viendo televisión seguían el partido del Tricolor.
Las cifras confirman algo que ningún estudio sociológico ha logrado desmentir: pocas cosas logran unir emocionalmente a los mexicanos como la Selección Nacional.
Las celebraciones masivas tras las victorias del equipo son otra muestra de ello. Tan solo después del triunfo frente a Corea del Sur, cientos de miles de aficionados se congregaron espontáneamente en el Ángel de la Independencia y en plazas públicas de distintas ciudades del país para celebrar.
El fútbol produce algo que la política rara vez consigue: identidad compartida.
Sin embargo, la historia también demuestra que los grandes eventos deportivos suelen coincidir con momentos de alta tensión política, económica o social. No porque exista necesariamente una estrategia deliberada para ocultar problemas, sino porque la atención pública es limitada. Cuando millones de personas hablan del mismo tema, inevitablemente otros asuntos dejan de ocupar los titulares.
Este fenómeno ha sido ampliamente estudiado en la teoría de la comunicación mediante el concepto de agenda setting: los medios de comunicación no dicen a la sociedad qué pensar, pero sí influyen en los temas sobre los que la sociedad piensa.
Eso no significa que el Mundial sea, por definición, un mecanismo de manipulación.
Sería una afirmación simplista.
La verdadera pregunta no es si el fútbol distrae, sino quién aprovecha esa distracción.
Mientras millones siguen cada partido, los gobiernos continúan tomando decisiones, los congresos aprueban reformas, los problemas de inseguridad persisten, la inflación afecta los bolsillos y las crisis políticas siguen su curso.
Nada de eso se detiene porque ruede el balón.
El riesgo aparece cuando ciudadanos, medios y autoridades permiten que la conversación pública quede reducida exclusivamente al deporte.
Paradójicamente, el propio Mundial también evidencia las desigualdades del país. Aunque México vuelve a ser sede después de cuatro décadas, numerosos aficionados han denunciado que asistir a los estadios resulta prácticamente imposible por el elevado costo de los boletos, mientras que varios encuentros solo pueden verse mediante servicios de televisión de paga. Para muchos, la fiesta mundialista existe, pero desde la sala de su casa y no desde las tribunas.
El deporte, entonces, cumple una doble función.
Por un lado, ofrece un espacio legítimo de convivencia, identidad nacional y esperanza colectiva. En tiempos de polarización, pocas cosas generan un sentimiento de pertenencia tan amplio como un gol de México.
Pero, por otro lado, también puede convertirse en una cortina involuntaria que reduce la atención sobre asuntos que afectan la vida cotidiana de millones de personas.
La responsabilidad no recae en el fútbol.
Tampoco en los aficionados.
La responsabilidad es de una sociedad que debe ser capaz de celebrar un triunfo de la Selección y, al mismo tiempo, exigir cuentas a sus gobernantes.
Porque disfrutar un Mundial no debería implicar dejar de hablar de seguridad, salud, economía, corrupción o justicia.
El balón puede rodar noventa minutos.
Los problemas del país siguen ahí cuando termina el partido.
Y quizá esa sea la mayor prueba de madurez democrática: demostrar que un país puede emocionarse con un gol sin perder de vista la realidad que lo espera al apagar el televisor.









