Hay políticos que olvidan muy rápido para quién trabajan. El alcalde de El Carmen, Gerardo de la Maza, quedó exhibido en un video que ya circula en todo el país: un servidor público sujetando del cuello a un mesero dentro de una taquería por un reclamo relacionado con la atención a su hija.
Y la pregunta es inevitable: ¿de verdad alguien cree que ese comportamiento es aceptable en una autoridad?
Según los reportes, la hija del edil ingresó al restaurante Los Focos Amarillos cuando el establecimiento estaba por cerrar. Testigos señalaron que el personal les avisó que en pocos minutos dejarían de dar servicio y que la joven aún no decidía qué ordenar.
Minutos después, apareció el alcalde.
Pero no llegó a dialogar ni a buscar una solución. El video muestra cómo encara al trabajador, lo sujeta del cuello y le grita frente a clientes y empleados.
Porque, al parecer, algunos funcionarios todavía creen que un cargo público también les entrega un permiso para humillar a los demás.
El poder no se usa para intimidar
La escena es todavía más preocupante porque exhibe algo que muchos ciudadanos denuncian constantemente: la normalización de la prepotencia.
Es el clásico “¿sabes quién soy?”, aunque no lo digan en voz alta.
Porque cuando una autoridad pierde el control por una orden de tacos, la discusión deja de ser sobre un restaurante y se convierte en una muestra de cómo algunos entienden el servicio público.
No es liderazgo, no es carácter y no es defender a la familia. Al contrario, simplemente es perder la cabeza.
La disculpa llegó… cuando apareció el video
Después de que las imágenes se viralizaron, el alcalde reconoció que actuó de forma incorrecta y ofreció una disculpa pública. Admitió que reaccionó mal y que nada justifica su comportamiento.
Pero la pregunta permanece: ¿habría pedido perdón si nadie lo hubiera grabado?

Porque en México ya conocemos ese libreto.
Primero viene el escándalo, luego la indignación pública y después aparece el comunicado con la frase de siempre: “me equivoqué”. Y listo, a seguir como si nada hubiera pasado.
El problema es más grande que un video
Lo ocurrido no se reduce a una discusión en una taquería. El video exhibe una cultura política que muchos ciudadanos están cansados de ver.
La de funcionarios que olvidan que son servidores públicos y empiezan a comportarse como patrones; de autoridades que exigen respeto, pero no lo practican.
Porque si un alcalde no puede controlar su temperamento en un restaurante, la ciudadanía tiene todo el derecho de preguntarse cómo ejerce el poder cuando nadie lo está grabando.









