Alberto Jiménez Merino
Es una mujer mixteca de muy pocas palabras, incansable, dotada de una gran inteligencia e iniciativa, valor, decisión, carácter y habilidad para resolver cualquier problema, realizar cualquier actividad y, aunque castigaba con vara, está dotada de un amor ilimitado por sus 11 hijos a quienes impulsó con una capacidad, varias veces muy escondida.
Su nombre empieza con A de Agueda Merino Córdova, creo que no sabía lo que era decir “te quiero” y no sabía dar un abrazo, porque durante los primeros 11 años de mi vida yo no los recuerdo. Posiblemente por tantas responsabilidades, preocupaciones y necesidades en la casa, no había tiempo para esas expresiones tan importantes en la vida de todo ser humano. Casi no había descansos.
A los pocos días de mi nacimiento, mi madre ya estaba en el campo siguiendo la yunta, ayudando a mi padre, un hombre de campo con valores y responsabilidades semejantes a las de ella. Con solo cuatro años de escuela, no me explico como Agueda logró hacer tanto, que a mi juicio varios de esos logros caen en la categoría de imposibles.
Por circunstancias de la extrema pobreza, me desprendí del seno familiar antes de cumplir 11 años para poder estudiar el sexto de primaria en el Centro Regional de Educación Fundamental José Amarillas, en Tlaxcala, Tlaxcala. Aunque no lo he logrado, esto aceleró mi madurez y me obligó a hacerme cargo de mis acciones. Me cortaron la rama, según la fábula de “El halcón que no sabía volar”.
Cuando me fui, ya me había graduado en arar la tierra con la yunta, sembrar, regar, abonar, cuidar animales, deshierbar cultivos, despegar cacahuate, cosechar sandía, melón, frijol, chile y papaya, pizcar maíz, desgranar, pelar semilla de calabaza, buscar leña, acarrear agua, hacer nixtamal y llevarlo al molino, hervir y secar ciruela, pescar, secar pescado, arreglar huaraches y otras 10 actividades más, propias del medio rural mixteco.
En Tlaxcala continuaron una serie de lecciones que quiero compartir en este homenaje a mi madre y a todas las madres poblanas.
Terminados los trámites de inscripción, un 2 de septiembre de 1971, como a las 5 de la de la tarde, me dijo que se iría. “No vamos a llorar”, expresó. Y lo cumplimos. “Pronto vengo a verte”, comentó. Vino el domingo 6 de octubre a visitarme y después el 15 de diciembre para llevarme por las vacaciones.
Alejado de la familia empecé a tomar decisiones, manejar algunas emociones, a valorar situaciones, a aceptar sin conformarme. En esta etapa aprendí que tus quejas o problemas, no le importan a nadie, y que hacerte víctima, te demerita y retarda las soluciones. El poder personal, igual que la felicidad están dentro de ti.
Años después conocí y adopté la frase de Ernest Hentley: “Soy el amo de mi destino, el único capitán de mi alma”.
En estas vacaciones el ambiente familiar me volvió a absorber, porque el ambiente absorbe como lo afirma Francisco Roca en “De jefe a líder”. Te absorbe el vicio, el juego, la fiesta, el ocio, el trabajo, la delincuencia, las drogas, el estudio y debemos tener capacidad para salir de lo malo, de lo extremo, muchos se quedan atrapados.
Y hubo un débil intento de no volver al internado. Fue cuando conocí la fortaleza del carácter de Agueda y escuché su discurso más brillante porque hasta ese momento, difícilmente podía articular 10 palabras seguidas.
“Me duele más a mí que a ti que te vayas, porque yo te tuve. Si quieres quédate, pero solo nos vamos a estar mirando, fíjate como estamos de pobres…. Vete, prepárate y ayúdanos…”- Así descubrí que mi obligación era ayudar, servir, hacer, aportar, motivar, impulsar, siempre que fuera posible. Parece como si Agueda Merino, hubiera leído a Jalil Gibrán.
“Nuestros hijos no son nuestros, son hijos e hijas de la vida. No obstante que vienen a través de nosotros, no nos pertenecen. Podemos darles nuestro amor, pero no nuestros pensamientos porque ellos tienen los suyos. Podemos abrigar sus cuerpos, pero no sus almas, porque ellos viven en la casa del mañana que no podemos visitar ni siquiera en sueños. Podemos esforzarnos en ser como ellos, pero no procuremos hacerlos semejantes a nosotros. Somos el arco del cual nuestros hijos, como flechas vivas son lanzados. Dejemos que la inclinación en nuestras manos de arquero sea para su felicidad”. (Jalil Gibrán. El Profeta.1923)
Mi padre, apoyado por el maestro Austreberto Rosas Guerrero, ambos QEPD, hizo la gestión de este primer lanzamiento de flecha. Y el segundo lance, la secundaria, se dio en una jugada maestra de Agueda. Le pidieron una muchacha para ayudar en las labores domésticas a cambio de escuela en Panotla, Tlaxcala. Y ella respondió magistralmente: “no tengo una muchacha, pero tengo a mi muchacho”.
Y así, cuando no había ninguna esperanza de continuar estudios, puedo decir que casi en forma milagrosa se abrió una puerta impensable. Cursé la secundaria, ayudé en trabajos domésticos, aprendí más de 50 actividades nuevas, y en los últimos dos años, conocí a una familia que me trató como su quinto hijo: Rubén Sanluis Meneses e Isabel Torres Zempoalteca.
Y en un tercer lanzamiento de flecha, según Gibrán, Rubén Sanluis me ayudó para llegar a la Escuela Nacional de Agricultura, hoy Universidad Autónoma Chapingo, donde también hay otra bella historia.
Por todo esto y más, ¡gracias Agueda!
¡¡Muchas felicidades a todas las Madres!!



